Por MATÍAS MURACA Abogado, docente y apoderado del Partido Intransigente porteño y LAURA PÉREZ BUSTAMANTE Abogada, docente e investigadora UBA

Los vecinos de la CABA asistimos con asombro – y no del bueno-, al ingresar al Jardín Botánico Carlos Thays. Y es que el paradigma de la gestión pública identificada con el negocio privado ha llegado incluso, a este Monumento Histórico Nacional.
A la luz de los antecedentes, no debiéramos sorprendernos. Sin embargo, es bueno que lo hagamos porque significa que la merma en educación no ha calado lo suficiente para que confundamos calidad de vida con cemento y negocios. La lógica de que cada espacio verde es un metro cuadrado sin rendir y cada patrimonio común es capital sin explotar, es una declaración de valores sin soporte constitucional.
Comencemos por recordar que el Jardín Botánico Carlos Thays no es cualquier espacio verde, sino un sello de nuestra Ciudad. Este Monumento Histórico Nacional protegido por el Decreto N° 366/1996 en todo su conjunto edilicio, paisajístico-ambiental —incluidos los senderos— y artístico, es la obra de un genio del paisajismo cuya huella define la identidad cultural de la ciudad.
Y para ser precisos, no es una plaza, sino un jardín botánico y parque público diseñado con fines científicos, educativos y de conservación. Sus características específicas permiten apreciar por qué detenta su status legal. Alberga más de 1.500 especies vegetales organizadas por su origen y familia, nativas y exóticas; cuenta con infraestructura especial: cinco invernaderos históricos, una biblioteca botánica infantil, un herbario y un jardín de mariposas. Tiene regulaciones especiales ya que al ser un espacio de preservación, está cercado, tiene horarios fijos de apertura y cierre, y no se permite ingresar con mascotas o realizar actividades recreativas ruidosas. En su predio también funciona la Escuela Técnica de Jardinería Cristóbal María Hicken, especializada en paisajismo.
El Botánico tiene más de cien años. Sus árboles y plantas han sido preservadas, crecieron durante décadas y sus senderos guardan la huella de generaciones de porteños que los recorrieron, que los siguen recorriendo, que llevan a sus hijos a descubrir que en el medio de la ciudad existe un lugar donde la naturaleza todavía respira. Es también el hogar de numerosas especies animales, entre las cuales es frecuente ver zarigüellas –único marsupial americano-, diversidad de pájaros, ardillas y hasta fue visitado por una pavo real, que cruzó desde el Ecoparque a poner sus huevos allí; algo que nos hace pensar en que, evidentemente, el modelo del Ecoparque, masivo y comercial, no otorga el bienestar animal adecuado.
Eso no tiene precio de canon mensual, no se mide en metros cuadrados de cochera, no se optimiza con una cafetería de diseño. Sin embargo, en las últimas semanas comenzaron obras en el Jardín que no tienen cartel, no tienen código QR, no tienen información pública de ningún tipo. Nadie explica qué se hace, por qué, con qué presupuesto ni con qué autorizaciones. Solo hay, casi como un chiste, un pequeño cartel que alude vagamente a razones de circulación.
Lo que sí se puede ver, con los propios ojos, es que se cubrieron en pocos días senderos históricos, perdiendo superficies de tierra absorbente en extensiones considerables alrededor de la Casona Histórica. En un contexto de crisis hídrica y urbana, donde cada metro cuadrado de suelo absorbente cuenta, cementar los senderos del Botánico no es modernización: es un retroceso ecológico y patrimonial al mismo tiempo. Y a nivel ambiental, podemos calificarlo de salvajada.
Pero hay más. En los últimos meses se realizaron obras para crear siete espacios de cocheras dentro del predio delimitados con adoquines, a escasos centímetros del tronco de ejemplares arbóreos sin cartel indentificador. El peso de un vehículo sobre las raíces superficiales de un árbol añoso no es un dato menor: es daño concreto, progresivo e irreversible. Pero no es lo único que el pobre árbol sufre. Adelante, otro vehiculo y del otro lado, un pesado contenedor. En definitiva, lo que vemos cuando paseamos por el Botánico no es criterio ambiental, sino una elocuente muestra de que la conservación, la preservación y la ciencia están ausentes, dando lugar al modelo comercial privatizador. Nos preguntamos ¿dónde irá la pavo real la próxima vez si esto avanza? ¿Dónde iremos nosotros?
¿Para qué necesita cocheras el Jardín Botánico? ¿Para quién? ¿Con qué criterio técnico se decidió que siete autos parqueados a metros de árboles históricos es una mejora? Nadie lo explica, nadie siente que haya una necesidad de explicarlo, cuando se gobierna convencido de que el espacio público es propiedad del jefe de gobierno de turno.
Entonces llega el rumor que ya nadie toma como rumor: se proyecta una cafetería dentro del Jardín. Si eso se confirma, estaríamos ante el mismo modelo que vimos con las plazas y que los vecinos vienen denunciando hace meses: convertir uno de los pulmones de la ciudad —un sitio cultural dedicado a la flora y al paisaje natural— en un espacio comercial. Como si el barrio no estuviera literalmente rodeado de bares y restaurantes. Pero en el caso del Jardín Botánico las graves consecuencias son particulares: riesgo de aumento de población de insectos y roedores e impacto en la población de plantas. Las mismas plantas, autóctonas y exóticas que son orgullo y razón de ser del Jardín. Esta es la razón por la cual la inmensa mayoría de los jardines botánicos no permiten locales gastronómicos, ni bares en su interior.
No es la primera vez que el Jardín sufre este tipo de avance. Hace dos años, una actividad nocturna denominada “Secret Garden” —de neto corte comercial y alto impacto ambiental— funcionó durante tres meses dentro del predio: sonido alto, luces artificiales, humo que llegaba hasta Av. Las Heras y República Árabe Siria, camiones de comida rápida. Fauna y flora afectadas, vecinos afectados. La imaginación puesta al servicio del negocio privado no tiene límites cuando quien debería ponerlos decide que poner límites no es rentable.
El Jardín Botánico es Monumento Histórico Nacional. Eso no es un título honorífico: es una categoría jurídica con consecuencias concretas. La Ley 12.665 y su modificatoria 27.103 establecen que cualquier obra o intervención en un sitio con ese status debe respetar su régimen de protección, realizarse sobre la base de necesidades concretas de conservación y preservación, y fundarse en análisis técnicos interdisciplinarios.
Lo que quieren hacer no es nuevo, es reincidente, Plaza Armenia, Parque España, Los Patos Parque de la Innovación Plaza Noruega y ahora el Botánico. El patrón es siempre el mismo: una decisión tomada en silencio, sin información, sin participación, sin cumplir los procedimientos que la propia Constitución exige. Después, los vecinos se enteran por los hechos consumados, por las máquinas que aparecen una mañana, por el cartel que no dice nada.
Cuando un gobierno aplica la lógica del negocio privado al espacio público, eso no es eficiencia — es subordinación de lo público a una lógica privada, deja de ser la administración del bien común.Lo que se degrada no es solamente el espacio público. Es la propia idea de ciudad
Mientras tanto, la Defensoría Pública de la Ciudad recibió un pedido de información urgente firmado por vecinos del barrio. Quieren saber qué se hace, por qué, con qué autorización y con qué presupuesto. Bajo el lema “Salvemos al Botánico” los vecinos aspiran a la recomposición ambiental, en el marco de los derechos de la democracia participativa.











