El peronismo tiene que disputar el futuro, no defender el pasado

VÍCTOR COLOMBANO / Dirigente del NEP. Congresal del PJ a nivel Nacional y Ciudad de Buenos Aires

Hace ya más de dos años y medio, entre el cambio y la continuidad, la sociedad argentina eligió el cambio. Fue un veredicto claro y hay que tomarlo en serio: nadie vota para volver atrás. Pero a mitad de mandato es cuando el debate realmente empieza, porque el cambio, para ser real, tiene que mirar hacia adelante y no solo hacia atrás de lo que vino a romper. Y esa es la principal debilidad de la oposición: todavía no terminó de construir un proyecto que represente el futuro.

La sociedad está fragmentada y el sistema de representación de los partidos políticos también lo está. No es un fenómeno exclusivamente argentino. Zygmunt Bauman lo definió hace dos décadas como el pasaje de una política de estructuras sólidas a otra de vínculos líquidos, volátiles, donde las identidades colectivas se debilitan y la desconfianza en las instituciones crece en buena parte de Occidente. Frente a esa fragmentación, la derecha argentina hizo algo que la propia oposición todavía no logra: unirse primero, antes que nadie, detrás de un mismo liderazgo. Esa unidad, es una condición para gobernar. Sin ella no hay proyecto posible.

Se profundizó, desde el propio gobierno nacional, un proceso de despolitización de la política. Un presidente sin antecedentes en la función pública y un primer gabinete armado bajo esa misma lógica de outsiders sin trayectoria partidaria. Pero el desgaste del poder mostró el límite de esa apuesta: con el correr de los meses, la conducción política terminó necesitando la experiencia de la vieja política que decía combatir. El esquema de Javier Milei no discute políticas públicas, discute identidades. Divide el país entre ganadores y perdedores, entre “la gente de bien” y quienes, según ese relato, representan el mal. Es la vieja lógica amigo-enemigo que Carl Schmitt describió como el núcleo de lo político, llevada al extremo de convertir el debate público en un campo de batalla moral en lugar de una discusión de ideas.

El problema de fondo no es solo económico, es filosófico. El proyecto que hoy gobierna la Argentina no es únicamente un plan de ajuste; es la avanzada local de un modelo que en el mundo entero empuja hacia la deshumanización de lo social. Cuando naturalizamos que un trabajo pueda no tener horarios, ni salario seguro, ni derechos; cuando el Estado deja de garantizar derechos para convertirse en aliado de quienes solo buscan un terreno sin límites para hacer negocios; cuando la persona pasa a ser un dato, un costo o un recurso descartable, estamos ante los primeros pasos de lo que algunos filósofos ya describen como un modelo posthumano: una organización social pensada para el rendimiento y el mercado, no para las personas. Byung-Chul Han lo advirtió al describir una sociedad donde el sujeto se explota a sí mismo creyendo que es libre. Nosotros creemos exactamente lo contrario. Pensamos que el centro de cualquier proyecto de país tiene que ser la persona, su dignidad y su trabajo. No es una consigna, es una tradición. La economía está para servir al ser humano, no al revés.

No hace falta ir muy lejos para saber cómo termina un experimento así si no se lo corrige a tiempo. El ajuste sin red social que ensayó Margaret Thatcher en el Reino Unido, con su célebre frase de que “la sociedad no existe”, dejó una herida que Gran Bretaña tardó décadas en cerrar. Grecia lo vivió en carne propia durante la crisis de deuda de 2010, cuando el ajuste destruyó empleo y consumo sin resolver el problema de fondo. Y también hay ejemplos del camino inverso. Lula reconstruyó en Brasil una coalición amplia después de años de fragmentación y hoy gobierna; el PSOE en España articuló un frente que gobierna sin mayoría propia. No alcanza con estar en contra de algo, hay que construir con qué reemplazarlo.

La gente confió en el modelo de Milei y hoy empieza a ver que no genera empleo, ni crecimiento, ni mejora los ingresos. Muchas familias tomaron deuda para sostener un nivel de vida que sentían que se les escapaba, con la esperanza de que el ajuste fuera un paso hacia algo mejor. Esa esperanza se está agotando y en su lugar crece la desesperanza. No es un dato menor para la política. Cuando una sociedad deja de esperar, se vuelve más vulnerable a cualquier discurso, no necesariamente al más razonable.

Frente a esto, el peronismo tiene una responsabilidad que no puede seguir postergando. No alcanza con señalar lo que el Gobierno hace mal, sino que hay que decir con claridad qué se ofrece. La derecha plantea la falsa opción entre pasado o futuro. El peronismo tiene que animarse a disputarle el futuro, no a defender el pasado. Eso exige sintetizar diferencias internas, discutir el poder —es legítimo y hasta necesario hacerlo— pero sin que el poder sea la única discusión. La unidad sin legitimación electoral todavía resta efectividad política, pero es indispensable: no hay proyecto de país que se construya en soledad.

Esa reconstrucción tiene nombre y apellido. Hay que hablarles a los jóvenes de entre 16 y 30 años, que ya representan tres de cada diez electores y de los cuales el 35% no votó en 2025. La vulnerabilidad no es un dato aislado. Según un relevamiento de la UBA de fines de 2025, casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 29 años vive en situación de vulnerabilidad, y uno de cada cinco de ellos no estudia ni trabaja.

Hay que hablarle a quien hoy pierde su empleo en una fábrica que cierra. La industria destruyó 65.000 puestos de trabajo en los últimos dos años, y algunas proyecciones privadas ya advierten sobre la posible pérdida de hasta 500.000 empleos formales y el cierre de 40.000 empresas en 2026. El desarrollo energético de Vaca Muerta, con sus cerca de 20.000 empleos directos, no alcanza para compensar esa sangría ni para absorber a quienes no encuentran cómo reconvertirse. La coalición que hay que construir tiene que abrazar también a los empresarios que entienden que la salida no es solo el extractivismo, sino el desarrollo con integración productiva, y ofrecerles a los sectores más desprotegidos trabajo genuino, estudio y capacitación, no promesas.

Hay que hablarles a los jubilados golpeados por la pérdida del poder adquisitivo, para que vuelvan a encontrar en el peronismo un lugar que los cobije en lugar de un recuerdo. Hay que terminar con la amnesia de principios de dirigentes que acomodan sus convicciones a la coyuntura. Y hay que construir liderazgos en los territorios, en las provincias y en los municipios, que sostengan ese rumbo en el día a día, porque ningún proyecto nacional se sostiene solo desde la discusión de Buenos Aires.

Lo que está en juego en 2027 no es una elección más. Un nuevo gobierno con el mismo signo que el actual profundizaría un modelo de país pensado para muy pocos, con la entrega de los recursos naturales de la Argentina a quienes solo buscan un Estado sin límites para hacer negocios. Pero la historia argentina, y la del propio peronismo, muestra que este país sabe reinventarse cuando entiende que el cambio verdadero mira hacia adelante. Se trata, otra vez, de volver a poner a la persona en el centro. Esa certeza, más que cualquier consigna, es la que puede devolverle esperanza a una sociedad cansada. Y una sociedad con esperanza siempre encuentra el camino.

FLORES🚨Estafaba vecinos haciéndose pasar por operario de Edenor.