VICTORIO PIRILLO / Secretario General Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López

La duda deja de ser una virtud cuando el poder consigue convertirla en culpa. Desde ese instante el pensamiento deja de ser un ejercicio de libertad para transformarse en un acto de obediencia. No hace falta encarcelar a todos los disidentes ni clausurar cada palabra incómoda. Ese método pertenece a los viejos autoritarismos. El poder contemporáneo ha perfeccionado la técnica: ya no prohíbe pensar, simplemente enseña qué debe pensarse y quien se aparta del libreto deja de ser un ciudadano para convertirse en sospechoso.
La censura moderna no necesita uniformes ni decretos. Se presenta maquillada de consenso, de corrección moral y de responsabilidad institucional. Lo verdaderamente peligroso no es el silencio impuesto, sino el silencio voluntario de una sociedad que termina vigilándose a sí misma mientras cree ejercer su libertad.
Todo régimen necesita fabricar enemigos. Ayer fueron los bárbaros, luego los herejes, más tarde los subversivos; hoy basta con construir un adversario funcional que monopolice la indignación pública. Mientras la sociedad consume el escándalo cuidadosamente diseñado, el verdadero poder avanza sin resistencia sobre la economía y la riqueza de una nación, la justicia, la cultura y la conciencia colectiva. La cortina de humo jamás fue un accidente: es una herramienta de gobierno.
Las crisis tampoco siempre son fatalidades. Muchas veces son administradas, amplificadas o directamente provocadas para instalar el miedo suficiente que justifique decisiones previamente elaboradas. El temor es el mejor arquitecto de la resignación. Un pueblo asustado acepta aquello que jamás admitiría en tiempos de serenidad.
Entonces aparece la gran ficción contemporánea: la ilusión de elegir. Se invita al ciudadano a votar, opinar y discutir dentro de un espacio previamente delimitado por quienes controlan el poder económico, político y comunicacional. Se celebra una libertad que rara vez cuestiona los límites que otros fijaron de antemano. Se cambia de discurso, de candidatos y de consignas, pero el mecanismo permanece intacto. Como un hámster que corre convencido de avanzar, la sociedad agota sus fuerzas dentro de una rueda diseñada para que nunca llegue a ninguna parte.
La mentira ya no intenta ocultar la verdad: pretende reemplazarla. Se produce tal cantidad de versiones, interpretaciones y relatos que la verdad termina pareciendo apenas una opinión más. Cuando finalmente emerge un dato irrefutable, ya nadie sabe distinguirlo de la propaganda. Ese es el triunfo definitivo del poder: no convencer, sino confundir.
Las palabras también han sido secuestradas. “Libertad”, “democracia”, “república”, “justicia”, “derechos”, conceptos nobles vaciados de contenido y convertidos en simples herramientas publicitarias. Se invocan para justificar exactamente lo contrario de aquello que significan. Así, la obediencia deja de ser una imposición y pasa a ser un acto voluntario. El ciudadano termina defendiendo con fervor las mismas estructuras que limitan su dignidad.
Durante más de cuatro décadas, Argentina ha padecido una degradación política sistemática. Gobiernos de distintos signos prometieron refundaciones mientras administraban el mismo modelo de concentración económica, endeudamiento, dependencia y deterioro institucional. Cambiaron los nombres, las banderas y los discursos. Permanecieron intactos los privilegios de las minorías que nunca abandonaron el verdadero poder. La usura y las empresas pueden moverse con libertad, los pueblos no. La esclavitud en absoluto no fue eliminada ni suprimida solo fue redefinida
La decadencia nacional no puede atribuirse únicamente a la ineptitud de algunos dirigentes. También es consecuencia de una sociedad a la que se la acostumbró a elegir administradores del fracaso en lugar de constructores del futuro. La política dejó de ser una herramienta de transformación para convertirse, demasiadas veces, en un sofisticado mecanismo de administración de la resignación.
El drama argentino no consiste solamente en haber sido gobernado por dirigentes mediocre y pendencieros, lo verdaderamente trágico es que esa mediocridad haya dejado de escandalizar. Cuando un pueblo naturaliza el deterioro, cuando acepta como inevitable la degradación moral, intelectual y económica, el poder ya no necesita imponerse por la fuerza: gobierna desde la costumbre.
Y no existe esclavitud más perfecta que aquella en la que los propios esclavos agradecen las cadenas creyendo que son alas.
Muchos, sin respaldo alguno, le atribuyen a Winston Churchill la siguiente frase: “la principal diferencia entre los humanos y los animales es que los animales nunca permitirían que los lidere el más estúpido de la manada”. A grandes vistas sería el caso de los últimos 50 años en la República Argentina.












