Por MATÍAS MURACA / Apoderado del Partido Intransigente porteño

Esta semana el Gobierno porteño decidió dar marcha atrás con el proyecto de construir un estacionamiento subterráneo bajo Plaza Armenia. Es una excelente noticia para Palermo y para toda la Ciudad, pero también es algo más: la demostración de que, cuando dos modelos de ciudad entran en conflicto, la organización de los vecinos puede torcer una decisión política.
Es la derrota de un modelo de gestión que entiende el espacio público como una oportunidad de negocio. Como sostuvo un funcionario, aunque lo haya disfrazado de gesto de buena voluntad: “ante la disponibilidad de estacionamientos privados en la zona decidimos anular el proyecto”. Hay que traducirlo para que se entienda: la ecuación política dejó de cerrarles, el costo social y político terminó siendo mayor que el beneficio esperado. Tras meses de alerta, movilización y firme resistencia de vecinas, vecinos y organizaciones comunitarias, el Gobierno porteño tuvo que archivar una iniciativa que amenazaba con destruir durante más de dos años uno de los pulmones verdes y culturales más dinámicos de la Comuna 14, erradicando su arbolado histórico y privatizando el uso del suelo de un predio público.
Esta marcha atrás no fue una concesión ni un acto de espontánea sensibilidad oficial: fue la consecuencia directa de una ciudadanía organizada que se plantó en defensa de la calidad de vida urbana, la memoria del barrio y el equilibrio ambiental. Ganamos un debate clave demostrando que no se puede planificar la metrópolis de espaldas a la gente ni subordinar los espacios verdes a la lógica de la infraestructura vial intensiva.
No hubo autocrítica sobre la falta de audiencia pública, ni sobre los setenta puestos de feriantes que iban a quedar en la calle, ni sobre los tilos que había que arrancar sabiendo que la mitad no iba a volver a plantarse en ningún lado. Hubo, nada más, un repliegue táctico frente a un adversario que se organizó: vecinos en asamblea, un amparo colectivo con fundamento constitucional, legisladores pidiendo informes, prensa que no soltó el tema. Eso no es management urbano. Es una derrota política para Macri, y hay que llamarla así.
Pero acá está el punto que no hay que perder en el festejo: esto no es el final de una discusión, es apenas una batalla ganada dentro de una disputa que sigue abierta en cada barrio de la Ciudad. El mismo comunicado que anuncia la baja de Plaza Armenia confirma, en el mismo párrafo, que el gobierno avanza con otras cuatro concesiones idénticas —Núñez, Belgrano, Barracas, Parque Patricios—. Mismo mecanismo de iniciativa privada, mismo negocio de veinte años bajo espacio verde, misma ausencia de participación. Lo único que cambió fue el barrio. Donde hubo organización, el PRO retrocedió. Donde todavía no la hay, sigue excavando.
Y ese es exactamente el modelo de ciudad que este gobierno viene construyendo desde 2008: la plaza, el bosque urbano, el subsuelo público no son patrimonio de todos, son metros cuadrados subutilizados a la espera de que alguien los monetice. Se perdieron 470 hectáreas de espacio público que ya cambiaron de manos con esa lógica en los últimos quince años. Plaza Armenia era, simplemente, la próxima.
Frente a ese modelo de negocio urbano, desde el Partido Intransigente venimos planteando un modelo de Ciudad, y no como consigna sino como programa: el derecho a la ciudad como principio rector y no como frase de campaña. Una plaza a menos de trescientos metros de cada casa, no como beneficio de los barrios que pueden litigar sino como estándar urbano exigible en toda la Ciudad. Eso no se logra plaza por plaza, a fuerza de amparos y asambleas heroicas cada vez que aparece una topadora. Se logra discutiendo qué tipo de ciudad queremos ser, y disputando el relato de que gestionar es privatizar.
La verdadera discusión empieza ahora: ¿queremos una ciudad donde el espacio público sea el remanente de los negocios, o una ciudad donde los bienes comunes sean el punto de partida para planificar el futuro?
En Plaza Armenia ganó una batalla, ahora falta ganar el modelo de ciudad. ¡Las plazas no se tocan!












