Por FRANCISCO ROMERO/ Director de La Rosca Digital

Hay formatos que nacen como una buena idea. Y hay otros que nacen porque el sistema, solo, ya no alcanza. Vecinos en RED pertenece a esa segunda categoría. La organización se presenta públicamente como una “Red de vecinos y funcionarios en un sistema de gestión rápida”, con despliegue en las 15 comunas de la Ciudad de Buenos Aires, y concentra hoy su vidriera principal en la cuenta @vecinosenred_comunal. No es un detalle semántico. Ahí está su ADN: no se define solo como ONG, ni solo como red barrial, ni solo como espacio comunitario. Se define, desde el arranque, como una interfaz entre sociedad y gestión.
Eso ya la vuelve distinta. Pero lo que la vuelve políticamente interesante es otra cosa: logró meterse en el lugar exacto donde la política muchas veces no entra y donde la gestión tradicional llega tarde. En ese hueco armó una arquitectura liviana, rápida y moderna. No basada en expedientes, sino en circulación. No en organigramas pesados, sino en nodos. No en un mostrador que atiende de 9 a 15, sino en una red que escucha, conecta, deriva y sigue. Esa es la parte técnica del modelo: una estructura de proximidad que toma demanda dispersa, la ordena por territorio, la direcciona al actor correcto y convierte el reclamo en una secuencia operativa.
Ahí aparece la primera clave política de fondo. Vecinos en RED puede ser leída como la primera ONG liderada de manera articulada por funcionarios y vecinos. Y eso, en Argentina, no es poca cosa. Porque rompe dos moldes al mismo tiempo: el de la ONG testimonial, que denuncia pero no incide, y el del Estado encapsulado, que tiene recursos pero no siempre sensibilidad ni velocidad. En el medio, esta experiencia construyó un puente. Uno que no discute si el problema es público o comunitario: lo toma, lo hace circular y busca resolución.
La figura central de esa construcción es Celina Gutiérrez, hoy la cara más visible, la referencia política y la conductora pública del espacio. La propia trama pública de Vecinos en RED la ubica como presidenta y principal impulsora de un equipo interdisciplinario que logró articular a vecinos, funcionarios, comunas y referentes territoriales dentro de una misma lógica de trabajo. En el ecosistema institucional y social donde la organización fue ganando presencia, su nombre aparece asociado a conducción, expansión y método.
Y el método importa. Mucho. Porque esta nota no vende una estampita de cercanía; vende una tecnología social. En una cobertura sobre los Foros de Seguridad Pública de la Comuna 12, Vecinos en RED fue descripta como una red con 14.000 vecinos, organizada con grupos de WhatsApp por comuna, donde participan presidentes comunales, funcionarios y autoridades policiales. El dato es potente por el número, pero más todavía por el mecanismo: el vecino plantea el problema, se arroba al funcionario indicado y la red acelera la intervención. Eso no es solo comunicación. Es diseño institucional informal con resultados concretos.
Dicho en criollo: tomó la lógica de WhatsApp, la volvió herramienta de gestión y le puso territorio. Ahí está la dimensión técnica que muchos subestiman. La red funciona porque segmenta por comuna, porque baja el umbral de contacto, porque identifica responsables, porque produce trazabilidad básica del reclamo y porque convierte al funcionario en alguien visible dentro de la conversación. No reemplaza el circuito formal del Estado, pero lo complementa con algo que el Estado suele perder cuando se agranda: reflejos.
Y cuando eso aparece, la política toma nota. No por altruismo. Por necesidad. Cualquier gobernador, intendente o secretario de gobierno sabe que hoy la legitimidad no se juega solo en la obra pública o en el discurso; también se juega en el tiempo de respuesta. En si alguien contesta. En si el vecino siente que del otro lado hay una persona, no un contestador. En ese sentido, Vecinos en RED resolvió una ecuación que la política viene buscando hace años: cómo ganar cercanía sin caer en el punterismo, cómo ordenar demanda sin burocratizarla y cómo mostrar presencia sin montar un ministerio paralelo. Esta es una lectura política, pero se apoya en el funcionamiento público de la red y en el valor que ya le asignaron actores estatales a esa capilaridad.
Ese reconocimiento, de hecho, ya aparece por escrito en documentos públicos. En su Memoria Institucional 2023, el Ministerio Público Fiscal de la Ciudad definió a los mecanismos de vinculación con redes vecinales como “Vecinos en Red” como un “original e innovador instrumento” y sostuvo que se afianzaron como una forma indispensable de contacto para acercar la institución a la ciudadanía. La frase vale más que un elogio. Es, en los hechos, una validación institucional del modelo.
La épica de Vecinos en RED no está en una consigna. Está en haber entendido antes que otros que el siglo XXI no se gobierna solo desde el despacho. Se gobierna también desde la interfaz. Desde el punto donde un reclamo barrial deja de ser ruido y empieza a transformarse en información útil. Desde el momento en que una vecina no necesita conocer el organigrama del Estado para lograr que alguien la escuche. Desde la decisión de construir un sistema donde vecinos y funcionarios no se miren como mundos separados, sino como partes de una misma cadena de resolución.
Por eso el modelo seduce. Porque es moderno, pero no cool vacío. Es moderno porque simplifica. Porque baja barreras. Porque usa herramientas cotidianas. Porque ordena sin asfixiar. Porque permite escalar sin perder cercanía. Y porque, además, deja una enseñanza política bastante incómoda: a veces la innovación pública no nace de una reforma administrativa monumental, sino de una buena red con conducción, método y calle.
También hay rosca, claro. Porque donde aparece una estructura que conecta miles de vecinos con funcionarios y referentes, aparece poder. Poder blando, si se quiere, pero poder al fin. Capacidad de escucha. Capacidad de agenda. Capacidad de ordenar demandas. Capacidad de llegar antes. En un tiempo donde la política sufre desgaste y los aparatos clásicos ya no emocionan a nadie, una red así vale doble: sirve para resolver y también para construir legitimidad. No casualmente, cada vez más gestiones miran formatos de este tipo con interés. No porque quieran copiar una ONG simpática. Porque entienden que ahí hay una pieza de gobernabilidad de nueva generación.
En el fondo, Vecinos en RED le puso nombre, estructura y liderazgo a una intuición que muchos tenían suelta: si el Estado no logra estar en todos lados, necesita socios territoriales con método. Si la política no logra entrar, necesita puentes. Si la gestión se vuelve lenta, necesita interfaz. Y si encima esa interfaz está liderada por una figura como Celina Gutiérrez, sostenida por un equipo interdisciplinario y anclada en una red de vecinos y funcionarios, entonces deja de ser una experiencia aislada. Empieza a parecerse a un modelo.
Durante años la política prometió cercanía.
Vecinos en RED hizo algo bastante más ambicioso: la convirtió en sistema.
Y cuando una ONG logra eso —mezclar calle, gestión, liderazgo y velocidad— ya no es solo una ONG.
Es una forma nueva de estar en el territorio. Una que muchos ya empezaron a mirar con atención.











