Argentina atraviesa un proceso alarmante de desindustrialización

Por DIEGO ACHILLI / Industrial PyME

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La decisión de Citroën de dejar de fabricar vehículos en Argentina para pasar a importarlos desde Brasil y Europa no es solamente una noticia empresarial. Es un símbolo. Una imagen clara del momento económico que atraviesa nuestro país y del deterioro que vienen sufriendo la industria nacional, las pymes y el trabajo argentino.

Durante décadas, Argentina construyó parte de su identidad económica alrededor de la producción y del trabajo industrial. En distritos como Tres de Febrero no fue una teoría: fue una realidad concreta. Miles de familias crecieron alrededor de fábricas, talleres, metalúrgicas, autopartistas y pequeños comercios vinculados al entramado productivo local.

Por eso, cuando una empresa deja de fabricar en nuestro país, el problema va mucho más allá de una decisión corporativa. Lo que se pierde es capacidad productiva, movimiento económico, empleo, consumo y, en definitiva, oportunidades para miles de argentinos.

Una noticia confirma que Citroën dejará de producir localmente para abastecer el mercado argentino con vehículos importados. Aunque intenten presentar esto como una simple “reorganización empresarial”, resulta imposible separar esa decisión del contexto económico nacional. Argentina atraviesa un proceso alarmante de desindustrialización.

La apertura indiscriminada de importaciones, la caída brutal del consumo interno, la paralización de la actividad económica y la ausencia de políticas públicas orientadas a defender la producción nacional están generando consecuencias profundas en todos los sectores productivos. Las cifras hablan por sí solas.

En los últimos meses ya cerraron cerca de 25.000 pymes en todo el país. Miles de pequeños y medianos empresarios no logran sobrevivir frente a un escenario recesivo, sin crédito, sin ventas y con costos cada vez más difíciles de afrontar.

Al mismo tiempo, más de 300.000 puestos de trabajo se perdieron en distintos sectores de la economía. Y detrás de cada número hay personas reales: trabajadores que ya no llegan a fin de mes, familias que reducen consumos básicos, jóvenes que no encuentran oportunidades y comerciantes que ven caer sus ventas día tras día.

La realidad es evidente: locales vacíos, menos movimiento, menor circulación de dinero y una enorme incertidumbre sobre el futuro. Lo mismo ocurre en el sector industrial, donde muchas empresas trabajan con caída de producción, baja utilización de capacidad instalada y enorme preocupación por los próximos meses.

Sin embargo, frente a este escenario, el gobierno nacional parece insistir en un modelo económico que considera a la industria nacional como un problema y no como una herramienta de desarrollo. Se instala la idea de que importar es más eficiente que producir. Que abrir indiscriminadamente la economía es sinónimo de modernización. Que el mercado, por sí solo, resolverá las desigualdades y generará crecimiento.

Pero la experiencia argentina demuestra exactamente lo contrario.

Cada vez que nuestro país abandonó la defensa de su industria y de su mercado interno, las consecuencias fueron cierre de fábricas, destrucción de empleo y concentración económica. Ningún país desarrollado del mundo creció destruyendo su capacidad productiva.

La industria automotriz es uno de los ejemplos más claros. No solamente genera miles de puestos de trabajo directos, sino que moviliza una enorme cadena de valor: autopartistas, metalúrgicas, logística, transporte, servicios y comercios. Cuando una terminal deja de producir, el impacto económico se multiplica sobre toda la comunidad.

Y ahí aparece otra discusión importante: el rol de los gobiernos locales. Resulta difícil comprender cómo se puede sostener ese discurso mientras se acompaña políticamente un modelo económico nacional que hoy está dejando industrias cerradas, comercios vacíos y trabajadores con miedo a perder su empleo.

No alcanza con marketing. No alcanza con redes sociales. Hoy más que nunca hace falta una dirigencia política que entienda que el trabajo no es una variable de ajuste. Que se anime a levantar la voz frente a políticas que están deteriorando el entramado productivo argentino.

Defender la industria nacional no es una consigna ideológica. Es defender el empleo, el comercio local, a las PYMEs. Argentina no va a salir adelante reemplazando producción por importaciones. No va a crecer destruyendo su mercado interno ni abandonando a quienes invierten y trabajan todos los días.

La cultura del trabajo, del esfuerzo y de la producción fue durante décadas uno de los pilares fundamentales de movilidad social y desarrollo de nuestro país. Cuando el Estado deja de cuidar ese entramado, las consecuencias terminan golpeando a toda la sociedad.

La noticia de Citroën no debe verse como un hecho aislado. Es una advertencia.
Es la expresión concreta de un modelo económico que está debilitando la producción nacional y generando cada vez más incertidumbre sobre el futuro del trabajo argentino.

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