Por DIEGO ACHILLI / Industrial PyME

Por estos días se celebran cifras oficiales que indican que la actividad económica creció 4,4% durante 2025, según datos del Indec. El número, en apariencia, busca instalar la idea de recuperación.
Sin embargo, basta caminar cualquier centro comercial del conurbano, hablar con un comerciante o consultar a una pyme industrial para advertir que la realidad cotidiana va en sentido contrario. La economía puede mostrar crecimiento estadístico. Pero la pregunta central es otra: ¿quién está creciendo y quién está pagando el costo?
El impulso de 2025 estuvo explicado fundamentalmente por sectores extractivos —como el agro— y por la intermediación financiera. Son actividades relevantes para la macroeconomía, pero estructuralmente poco intensivas en empleo. El agro moderno es altamente mecanizado: produce más con menos mano de obra. El sistema financiero intermedia capital, pero no genera cadenas de valor productivas masivas.
Mientras tanto, los sectores que históricamente sostienen el empleo urbano —industria manufacturera y comercio— muestran retrocesos o estancamiento. Esa combinación explica la paradoja actual: el PBI sube, pero el trabajo no aparece.
En el conurbano bonaerense, precisamente en Tres de Febrero, una pyme metalúrgica con más de tres décadas fabricando estructuras y piezas para maquinaria llegó a emplear 40 personas. Hoy quedan 24.
Su dueño describe una escena repetida: menos pedidos, clientes que postergan pagos, presupuestos que no se cierran. La empresa trabaja al 55% de su capacidad instalada.
Los costos fijos aumentaron por encima de la facturación, y el crédito es caro o inexistente. Y competir contra piezas importadas resulta cada vez más difícil. El problema no es sólo productivo. Es social.
Los hogares enfrentan:
• Aumento sostenido de tarifas y servicios.
• Suba de alquileres.
• Incremento de medicina prepaga y transporte.
• Ajustes en combustibles.
• Mayor presión sobre gastos fijos.
Y cuando el ingreso se achica, el consumo cae. La retracción del mercado interno no es un fenómeno ideológico. Es contable. Que haya menos consumo implica: menos ventas, menos producción, menos empleo.
La crisis que atraviesa FATE no es un episodio aislado. Es una señal. Cuando una empresa industrial de gran escala enfrenta caída de demanda y presión competitiva externa, el mensaje es claro: la matriz productiva está bajo tensión. La apertura importadora puede aliviar precios en el corto plazo, pero cuando el reemplazo de producción nacional se vuelve sistemático, el costo es la pérdida de capacidad industrial.
Y sin industria, el mercado interno pierde su sostén principal: el salario productivo.
Pero la historia argentina muestra que cuando el crecimiento se apoya mayormente en recursos naturales y servicios financieros, sin fortalecimiento industrial, el resultado suele ser:
• Vulnerabilidad externa.
• Desempleo estructural.
• Concentración económica.
• Fragilidad social.
El interrogante es estratégico: ¿puede sostenerse una economía sin una clase media productiva fuerte?
Mientras las estadísticas celebran rebotes, en la calle la sensación dominante es otra. Se ven comercios vacíos, pymes ajustando turnos, familias que no llegan a fin de mes. Y cuando la macroeconomía no dialoga con la economía real, el malestar se acumula.
Argentina enfrenta un momento decisivo. Puede consolidar un modelo apoyado en exportaciones primarias y estabilidad fiscal, esperando que el crecimiento eventualmente derrame. O puede preguntarse si ese sendero es suficiente para sostener empleo, industria y mercado interno.
La experiencia indica que sin entramado productivo diversificado no hay desarrollo sostenible. Porque cuando la gente no llega a fin de mes, cuando el trabajo escasea y los gastos fijos asfixian, el crecimiento estadístico pierde legitimidad social. Y cuando las fábricas empiezan a apagar sus máquinas, no es un dato sectorial. Es una advertencia sobre el rumbo del país.











