“No pinto la naturaleza, trabajo con ella”

ENTREVISTA (por Lucía Gasparelli @lu_gaspa) La artista plástica Juana Suffriti dialogó con SECCIÓN CIUDAD sobre su trabajo creativo. Una charla desestructurada que buceó acerca de sus obras, ideas y experiencias a la hora de crear.

Tu muestra reúne obras hechas en Buenos Aires, Japón y Australia. ¿Sentís que son tres momentos distintos o que en realidad estabas buscando lo mismo en distintos lugares?

Definitivamente, hay tres momentos distintos que al mismo tiempo están conectados. En cada uno de dichos países obviamente los contextos fueron diferentes desde el paisaje, la energía. Eso hace que inevitablemente cambie lo que hago en el arte. No es lo mismo estar en una playa en Australia que en Japón donde son cultural completamente diferentes. Pero al mismo tiempo, hay algo que se mantiene y es que soy yo el nexo entre todo eso. Entonces, aunque cambie el entorno, hay una continuidad que tiene que ver con cómo percibo las cosas, cómo me vinculo con el espacio y con los materiales. Depende de dónde esté, voy a hacer algo distinto, pero de alguna manera todo termina dialogando.

¿En qué momento te diste cuenta de que el viaje no era solo un contexto, sino parte del proceso de obra?

No lo decidí conscientemente, se fue dando mientras trabajaba. En Australia, por ejemplo, me acuerdo de estar frente al paisaje y pensar: ¿Cómo llevo esto a una pintura?. Pero no quería hacer una representación literal de pintar el mar o la arena como imagen. Me parecía medio vacío. Entonces empecé a meterme en el lugar, literalmente. A caminar entre las rocas, tocarlas, probar. Y ahí apareció esta idea de trabajar con la textura misma del entorno, de imprimirla, de trasladarla a la obra. Fue como entender que el paisaje no era algo que estaba “ahí afuera” para ser observado, sino con lo que podía trabajar directamente. Caso contrario, en Japón ese proceso fue más interno. El viaje dejó de ser paisaje y pasó a ser estado.

¿Cómo fue esa experiencia en Japón?

Bastante fuerte. Tenía a Japón muy idealizado desde chica, quería ir desde siempre. Y cuando llegué, no es que no era lo que esperaba, porque sí lo era, pero no estaba como pensé que iba a estar. Me imaginaba sentirme segura, cómoda, como “bueno, llegué a este lugar que siempre quise”. Y en realidad estaba muy sola, muy insegura, bastante descolocada. Los primeros días fueron duros. Era como: ¿qué hago acá? ¿para qué vine?. No tenía esa contención que tenés acá, ni siquiera en lo cotidiano. El idioma, la forma de relacionarse, incluso los silencios. Todo era distinto. Entonces llegó un punto en el que no tenía mucho más para hacer que escucharme a mí misma. Y eso, que en teoría era algo que buscaba, en la práctica fue difícil. Ahí la obra empezó a salir desde otro lugar. No fue una decisión tipo “voy a trabajar sobre lo emocional”, sino que era lo que había. Era eso o no hacer nada. Y fue bastante catártico también. Como que en algún punto me obligó a enfrentar cosas que por ahí venía evitando.

En esa serie aparece la idea de wabi-sabi. ¿Cómo llegaste a eso?

Llegué estando allá. Empecé a leer sobre ciertos conceptos y apareció esta idea de la belleza en lo imperfecto. Y me hizo mucho sentido, porque de alguna manera eso ya estaba en mi trabajo. Siempre me pasó que encontraba algo interesante dentro del caos, dentro de lo que no está bien resuelto. En Japón lo pude entender mejor, ponerle palabras a algo que venía haciendo intuitivamente. Y también me permitió soltar un poco más el control. Dejar de intentar corregir todo, aceptar lo que aparecía.

¿Y te resultó difícil soltar el control y aceptar lo imperfecto como parte de la obra?

No tanto, porque mi proceso nunca fue muy controlado. Trabajo bastante desde la experimentación. Muchas veces ni siquiera puedo explicar exactamente qué hice: dejo una tela, le pasan cosas, interviene el clima, el tiempo, materiales distintos y después aparece algo. Es permitir que la obra suceda, más que imponerle una forma cerrada. Y eso implica aceptar el error, lo inesperado, lo que no podés manejar.

Trabajás con materiales muy distintos, incluso orgánicos. ¿Qué encontrás en la materia que no te da la imagen?

La materia me da una conexión directa con lo real. Ahora estoy muy enfocada en la naturaleza: llevar la tela al paisaje, trabajar con árboles, con hojas, con texturas. No solo en el taller, sino salir y producir en el lugar. Por ejemplo, en Australia imprimía la textura de las rocas. Más recientemente trabajé con árboles, con cortezas, con lo que encuentro. También saco fotos y después hago transferencias, pero siempre intento que haya algo más que la imagen. Que no sea solo representación, sino una huella real del lugar. Es como traerme una parte del paisaje, pero también dejar que el paisaje actúe sobre la obra.

O sea dejar que la obra suceda más que de imponerle una forma.

Totalmente. De hecho, cuando intento imponer demasiado una idea, siento que la obra pierde algo, se vuelve más rígida. Me pasa mucho que arranco con una intención y termina siendo otra cosa completamente distinta. Y ya lo acepté como parte del proceso. Trabajo bastante desde la experimentación. Como te dije, tiro la tela, le pasan cosas, interviene el clima, el tiempo. A veces, ni siquiera puedo reconstruir exactamente qué pasó. Y eso me interesa. Porque yo no controlo, aparece solo. Aunque también es incómodo, porque implica no saber.

Hay algo muy intuitivo en tu trabajo, pero también hablás de mucha duda. ¿Cómo conviven esas dos cosas?

Conviven, pero no de manera tranquila. Mientras estoy pintando, se me cruzan muchos pensamientos, y la mayoría no son muy buenos. Es como una voz constante que te dice que lo que estás haciendo no sirve, que no le va a gustar a nadie, que deberías hacer otra cosa más segura. Y a veces esa voz pesa bastante. Me pasó de dejar de pintar por momentos, porque no podía con eso. Pero al mismo tiempo, hay algo que vuelve. Como un recuerdo de por qué empecé. Me digo: si en algún momento esto te hizo bien, algo de eso sigue estando. Entonces es un ida y vuelta constante. No es que confío plenamente en mi intuición. La cuestiono todo el tiempo. Pero aun así sigo trabajando

¿Qué lugar ocupa el error en tu proceso?

Es central, aunque no siempre es cómodo. Hay un punto en el que no sabés si lo que estás haciendo está sumando o está arruinando la obra. Ese límite es muy difícil de identificar. Entonces desarrollé una especie de método: cuando siento que estoy agregando cosas sin sentido, paro. Guardo la obra y no la miro por unos días. Y cuando vuelvo, la veo distinta. Con más distancia. Ahí puedo decidir si está terminada o si todavía le falta algo. Es un proceso bastante mental también, no solo técnico.

Tus obras tienen algo muy íntimo. ¿Te interesa que el espectador entienda lo que hacés?

Sí, me interesa que haya una conexión. Sé que hay gente que no entiende nada, y está bien, pero me gustaría que no se quede solo en eso. Que no sea simplemente una mancha lo que ve, sino que haya una intención de ir un poco más allá. Todo lo que hago tiene algo detrás, una experiencia, un proceso. Y aunque cada uno pueda interpretarlo distinto, me interesa que eso se perciba de alguna manera.

La naturaleza aparece como un eje muy fuerte en tu trabajo. ¿De dónde viene ese vínculo?

Viene desde siempre. Crecí en un entorno con mucho verde, y es algo que necesito. A cualquier lugar al que voy, busco eso. Si estoy en una ciudad, necesito salir, ver el cielo, encontrar un espacio natural. Y en el trabajo eso aparece cada vez más. No solo como inspiración, sino como método. La naturaleza no es algo que miro desde afuera, sino un espacio en el que trabajo. No es que pinto la naturaleza, sino que trabajo con ella. Me meto en ese espacio, lo uso, lo traslado. Es algo bastante intuitivo, pero al mismo tiempo cada vez más consciente.

¿Sentís que hubo una transformación en tu forma de producir a lo largo de estos viajes?

Sí, totalmente. Al principio mi relación con el arte era más un refugio, un espacio donde me sentía cómoda. Copiaba imágenes, hacía retratos, era algo más controlado. El cambio fuerte aparece cuando decido dedicarme a esto. Ahí entran otras variables: la incertidumbre, la plata, si vender o no vender, si lo que hago tiene sirve. Pero también aparece algo más profundo: la necesidad de sentido. En Japón, especialmente, sentí que todo lo que hacía tenía una razón de ser, una historia. Y ahora intento trabajar así: investigar, obsesionarme con algo y desde ahí producir.

¿Te cuesta soltar tus obras?

Sí, bastante. Conecto mucho con cada pieza. No es solo un objeto, hay algo muy personal ahí. Entonces, aunque quiero vender, porque también es parte de poder sostener esto, hay una cuestión emocional que me cuesta soltar. Las obras de Japón, por ejemplo, son las que más me dolería dejar ir. Porque están muy cargadas de ese momento, de esa experiencia de mí.

¿Cómo viviste tu primera gran exposición?

Con muchos nervios, pero también con intensidad. Sentí que realmente estaba exponiendo algo muy personal. Entregar las obras para el montaje fue como soltar algo propio. Me resulto fuerte ver a los visitantes interactuar con las obras, se detenían, leían, escaneaban un QR. Pensar que alguien está mirando algo que salió de vos, sin que vos tengas control sobre eso. Pero al mismo tiempo es lo que uno busca.

Vas a exponer en la Feria de Arte Directo de Artista (BADA 2026) que se realizará del 27 al 30 de agosto en La Rural. ¿Qué te gustaría que la gente se lleve de allí?

Hoy vivimos en un mundo mediado por lo digital, superficial en algunos aspectos. El arte puede ser una forma de volver a algo más humano, más sensible. Si quien nos visita se va de la muestra con una idea, con una sensación, con ganas de crear o de mirar distinto, ya es un montón.