Un llamado a la pacificación

Por JUAN CARLOS ROMERO / Senador Nacional

Algunos recientes episodios de violencia deben encender alarmas tempranas. Antes de que sea demasiado tarde y una espiralización pueda desatarse. Con independencia del juicio que cada uno tenga sobre el desempeño de tal o cual ministro, los ataques contra figuras públicas merecen el repudio inmediato de la dirigencia política.

Resulta imperativo a la luz del triste récord de violencia que a menudo se reproduce en nuestra historia. No es el escrache el medio para expresar una opinión política. La vía son las elecciones y la opinión.

 Por supuesto, los hechos no se producen aislados del contexto en que tienen lugar. Esos cuestionables episodios tienen lugar en momentos en que la sociedad argentina percibe con razón los déficits de su dirigencia. La realidad de nuestro presente, la acumulación de asignaturas pendientes, la reiteración de fórmulas fracasadas para atacar los mismos problemas por parte de nuestros líderes y la sensación creciente de un futuro incierto contribuyen indudablemente al estado de angustia generalizada al que se asiste.

 Un crecimiento escandaloso de la pobreza nos llena de vergüenza. La Argentina de nuestros días cuadruplica el índice de pobreza que teníamos hace cuarenta años. Nuestra propia significación como nación en el mundo parece haberse reducido. La Argentina de hoy presenta un panorama decepcionante que no se condice con las posibilidades potenciales de un país de la escala y la riqueza que nos ha sido legado.

La Argentina es un país que se ha encogido respecto a su propia proyección internacional. Hasta los años 60, era el país más importante de Latinoamérica pero en las últimas cinco décadas Brasil y México nos han superado e incluso en la última década la Argentina compite con Colombia por el tercer puesto en importancia en la región.

Una dimensión de esa declinación del país lo ofrece el hecho de que nuestra participación en el comercio global pasó del 1,1 al 0,6 por ciento entre 1980 y 2020, lo que implica una reducción en términos relativos a la mitad de su significación a escala mundial.

  Casi veinte años de planes y programas sociales extendidos no han resuelto el drama de la pobreza. Por el contrario, ésta ha aumentado dramáticamente. Al mismo tiempo, el gasto público consolidado entre Nación-Provincias-Municipios ha significado un aumento de casi cincuenta por ciento en los cinco lustros que siguieron al fin de la convertibilidad, llevando a que la presión impositiva aumentara entre 2001 y 2015 del 30 al 50 % del PBI. 

Aumentos de impuestos, imposición de tributos extraordinarios, amenazas de expropiaciones, confiscaciones o intervenciones de empresas privadas, ataques permanentes a quienes trabajan y producen y una inexplicable demonización de la idea del mérito constituyen las postales de un insistir hasta el cansancio en la vigencia y el fortalecimiento del paradigma Estado-centrista que impera en la Argentina desde hace casi veinte años y que en gran medida explica el fracaso que hoy nos embarga.

 Una agenda que nos aleje de la postergación en la que estamos sumidos y nos proyecte hacia el futuro requiere avanzar hacia dos dimensiones. Internamente implica recuperar un espíritu de unidad nacional que permita encontrar denominadores mínimos y reglas básicas de convivencia democrática entre los distintos actores políticos.

En lo externo implica dar pasos concretos hacia la integración regional con nuestros vecinos para desde esa plataforma integrarnos a un mundo siempre dinámico y plagado tanto de oportunidades como de desafíos.   

Un llamado a la concordia debe contener el deponer actitudes fascistas de canalizar los reclamos políticos a través de la vía de los hechos e internalizar que la vida democrática no se concreta en la sola enunciación de nobles propósitos sino a través de una comprometida adhesión a las reglas de la tolerancia y el respeto por el otro.   

La Argentina que hoy parece haberse convertido en un país inviable, condenada a una espiral descendente marcada por una sucesión de crisis encadenadas que configuran una decadencia sin freno, tiene sin embargo una posibilidad real de recuperación. Pero ello depende de nosotros mismos, empezando por el rol de guía que debe ofrecer la clase dirigente. 

Pero ese camino tiene que realizarse a través de las vías democráticas y en pleno respeto de las garantías y derechos constitucionales. Por ello es necesario que el espíritu de facción dé paso al de unidad y esa unidad debe contemplar el respeto de cada una de las partes en paz y armonía.

Dicen que la civilización es un aprendizaje lento. Para hacerlo hay que dar un primer paso que supere la reiterada dificultad que nos persigue de concluir procesos de pacificación, una política que tantas veces ha sido malograda a lo largo de nuestra turbulenta historia como nación.