No olvidar Malvinas

MARTÍN BALZA Ex Jefe del Ejército y veterano de Malvinas

El próximo sábado 2 de abril recordaremos el Día del Veterano de Guerra y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. El verbo “recordare” significa en latín evocar, recordar, es decir, “volver a pasar por el corazón”, ya que en latín el sustantivo “cor” quiere decir “corazón”.

Por respeto a nuestros excombatientes y a la sociedad, que también sufrió con la derrota, me tomo la licencia de dar un punto de vista más, al margen de consideraciones políticas e ideológicas.

A fines de diciembre de 1981 –en el proscenio de la dictadura cívico-militar– asumió como presidente de la Nación el general Leopoldo F. Galtieri, quien además retuvo el cargo de Jefe del Ejército y compartió la Junta Militar con el almirante Jorge I. Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo. Pocos sabían que la designación de Galtieri obedecía al compromiso con el almirante Anaya de recuperar por la fuerza nuestras irredentas islas Malvinas. Según versiones, en 1977 Anaya habría recibido una directiva del almirante Emilio Massera de trabajar en la hipótesis citada.

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En diciembre de 1981, el diario La Nación afirmó: “Las Fuerzas Armadas (FFAA) han comenzado su tercer período sucesivo de gobierno en una atmósfera de generalizada pérdida de consenso y apatía ciudadana”.

El 27 de enero de 1982, en el diario Convicción, ligado a Massera, el periodista Hugo E. Lezama, consignó: “En estos momentos estamos en óptimas condiciones. Nos gobiernan las FFAA; tenemos un presidente con empuje y gran poder de decisión y contamos con un Canciller de lujo (Nicanor Costa Méndez). Si además de haber ganado la guerra contra el terrorismo se recuperan las Malvinas, el Proceso quedará signado por estos hechos (…). En cuanto al frente interno, la ciudadanía se sentirá tonificada”.

Por su parte, en enero de 1982, Jesús Iglesias Rouco en el diario La Prensa afirmaba: “Este año la Argentina recuperará las Malvinas”. Lo mismo expresó Costa Méndez durante un almuerzo en un conocido Círculo. Otro funcionario de la dictadura, el almirante Carlos A. Lacoste, al referirse al tambaleante gobierno, dijo: “Esto se arregla muy fácil, invadiendo (sic) las Malvinas”.

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Galtieri se lo comunicó sintéticamente a nuestro embajador en EEUU, Eduardo Roca: “Voy a tomar Malvinas”. Todos sabían, menos los que pelearon por un sentimiento. Fue una clara muestra de peligrosa irresponsabilidad, porque al no tener contención alguna de los complacientes altos mandos de las FFAA, la decisión era irrevocable y las consecuencias impredecibles y peligrosas.

El 20 de marzo, un incidente menor en las islas Georgias del Sur (1.600 Km al sudeste de las Malvinas) originó una crisis que sirvió de excusa para lo que ambos países se habían propuesto. El 2 de abril, mediante la Operación Rosario, ante una pequeña guarnición británica, se recuperaron transitoriamente nuestras Malvinas.

Al día siguiente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitió la Resolución 502, que exigía el retiro inmediato de nuestras fuerzas. Era el momento oportuno para aceptarla y evidenciar una actitud negociadora. Nuestro legítimo reclamo se había internacionalizado sin derramamiento de sangre inglesa.

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Lamentablemente, del “ocupar para negociar” escalamos al “reforzar e ir a la guerra”, apreciando que el Reino Unido no reaccionaría y que contaríamos con el apoyo o la neutralidad de los Estados Unidos. Cabal miopía y desconocimiento de la historia de esos países.

La primera guerra de la era misilística se inició el 1° de mayo y finalizó el 14 de junio. Duró 44 días. Ambos bandos lucharon con notable respeto por las normas morales y el derecho internacional humanitario. No se cometieron crímenes de guerra y se respetó estrictamente a la población civil.

La incalificable Junta Militar enfrentó a las máximas potencias del mundo, en un escenario insular sin el más mínimo control del mar y del aire, y que contaba con un sideral poder de combate relativo superior.

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Gravísimo error político y diplomático. Desconocimiento de la historia militar y máxima insensatez al descartar lo posible buscando lo inalcanzable. El entonces enemigo fue el primero en reconocer el valor y la profesionalidad de las fuerzas argentinas.

Con ello, la dictadura buscaba: retardar los reclamos de una salida electoral y prolongar la misma; neutralizar el malestar general interno generado por una seria crisis económica, y la secuela y la crueldad del terrorismo de Estado implantado en 1976, como respuesta al accionar de la violencia de las Organizaciones Armadas Irregulares.

Por su parte, al RU lo guiaba: levantar el prestigio de una alicaída gestión de la Primera Ministra, Margaret Thatcher, tratando de lograr su elección; impedir una reestructuración que disminuyera el poder de la Armada Real, a fin de mantener una flota integral por oposición a los planes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, romper las negociaciones sobre la soberanía de las Malvinas impuesto por las Naciones Unidas en 1965 y satisfacer a los grupos de presión del lobby de los isleños en el Parlamento, principalmente el de la Falkland Islands Company (sic).

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No importa quién empezó aquella guerra. Siempre es el soldado el que combate e inocentes civiles que sufren y mueren, y no los políticos que las originan. Evitarlas es un imperativo religioso, humanitario, político y económico.

Este 2 de abril elevemos al Altísimo una oración por los que quedaron para siempre en la turba malvinera y en las gélidas aguas del Atlántico Sur —nuestros 632 héroes y también por los británicos— porque una guerra es una desgracia para cualquiera de los adversarios ¿Quién podrá reemplazar la vida de los soldados caídos para siempre y compensar el dolor de sus seres queridos?