Crónicas de cuarentena de un pueblo costero

Por MAGDALENA ORDOÑEZ

Entre médanos, playa, agua salada y bosques se encuentra Mar de las Pampas, un pueblo costero con menos de 500 habitantes. De hecho, no se puede considerar si quiera que sea un pueblo, sino una localidad balnearia. Vecino de Mar Azul, integrante del partido de Villa Gessel, es elegido por sus residentes por ser un lugar apartado, donde reina la paz y el silencio. A este lugar recóndito dentro de la costa de Buenos Aires también llegaron las condiciones inhóspitas como consecuencia de la pandemia.

Tras ocho meses de cuarentena, las ciudades costeras ya comenzaron hace unos días a abrir sus puertas a propietarios no residentes. Estos visitantes habituales descubren que la flora y la fauna han podido desarrollarse a sus anchas, al igual que ha pasado en muchas partes del mundo. En vista del silencio del hombre, las gaviotas se adueñaron del balneario, las tortugas han depositado a sus huevos en la orilla, incluso los jabalíes llegaron a aparecer en manadas en localidades vecinas. Las ya amplias playas parecen más espaciosas, aún cuando al recorrerlas no se cruzan más seres vivos que los verdaderos nativos del lugar. Los que también vivieron este silencio son los residentes. Pero en su caso, fue por parte de las autoridades más próximas.

En Mar de las Pampas hubo solo un caso de coronavirus en los ocho meses de cuarentena, el cual fue importado de la ciudad de Villa Gessel. Tal como dicen los vecinos, la localidad presta las condiciones para que se dé un aislamiento de forma natural. Sin embargo, estrictas restricciones fueron impuestas por el Municipio contiguo. Habiendo podido hablar con algunos de ellos, recuerdan perfectamente el 16 de marzo cuando llegó la orden de desalojar el lugar, como si se tratara de un estado de sitio. Los dueños de hoteles y alojamientos se vieron obligados a echar a sus huéspedes. El 19 de marzo, día en que se decretó la cuarentena obligatoria en todo el país, el silencio reinó en la zona. A partir de entonces, los habitantes vivieron bajo un estricto aislamiento. Durante cuatro meses, nadie podía circular por las calles luego de las tres de la tarde.

Los habitantes de Mar de las Pampas están acostumbrados a la soledad y a un estilo de vida que implica constante solidaridad con el vecino. Pero hasta el día de hoy no logran entender la razón de estas medidas. Los llevaron a ser los únicos responsables y encargados de su propia supervivencia en estos tiempos difíciles. La dependienta de la farmacia hizo las veces de ambulancia y administrativa de distintos incidentes que transcurrieron en estos ocho meses (vale aclarar que ninguna muerte fue por causa del coronavirus). El único hospital al que ellos pueden acceder se encuentra en Villa Gessel, pero ninguno pudo ser atendido ahí por la mala predisposición de los profesionales, según comentan. Esto mismo llevó a la muerte de un bebé de seis meses. Además, mejor era que a nadie se le cortara la luz, o se le rompiera un celular, o se quedara sin algún servicio, porque nadie vendría a solucionarles el inconveniente.

Muchos de los habitantes trabajan en el mantenimiento de las casas, en obras y en construcciones de la zona. Por supuesto que los dueños no residentes no estaban interesados en estas tareas, dado que no vendrían a visitar sus casas en todo el año. Fueron los mismos residentes quienes abrieron sus ahorros para realizar obras o ampliaciones en sus casas y así darles trabajo a los vecinos. Pero a los pocos meses los corralones se quedaron sin insumos y sin saber cuándo podrían reponer, ya que nadie se acercaba a la zona a proveerles. Por lo que, una vez más, faltó la posibilidad de trabajar. Recién en estos días, vuelven lentamente a repuntar las oportunidades.

Otro gran número de habitantes es propietario de restaurantes o trabaja en ellos. Al igual que los hospedajes, el mayor ingreso proviene del turismo. Pero estos últimos estaban completamente cerrados. Por lo que los vecinos, en pos de ayudar a los trabajadores del rubro de la alimentación, compraban más de lo que podían consumir. Terminaban regalando la comida a quienes no podían comprarla.

Los vecinos de Mar de las Pampas conocieron el hambre de verdad en estos últimos meses. Entre los que tenían algunos pesos extra y un auto o algún medio de transporte, se turnaban para ir a comprar comida y llevar a los vecinos más necesitados. En cuanto escuchaban la sirena de los bomberos, debían esconderse para que no los descubrieran y llevaran presos. Una mujer que trabaja en una panadería en Mar de las Pampas, pero vive en Villa Gessel, fue descubierta a una cuadra de su casa a las diez de la noche, tras haber ido a llevar un plato de comida a una señora mayor, razón por la cual debió pasar la noche en la comisaría. Durante mucho tiempo se dejó correr el rumor que indicaba que los residentes de localidades del interior de la provincia no querían que fueran a visitarlos personas provenientes del Área Metropolitana. En Mar de las Pampas aseguran que ese no fue su caso, ya que más que nunca necesitaron de los ingresos que derivan del turismo. Pasaron ocho meses olvidados por las autoridades, aislados de la civilización, encerrados en su propia burbuja, sin posibilidad de acceder a condiciones razonables de vida por falta de atención. Ante el silencio del Estado, los habitantes de Mar de las Pampas se vieron obligados a asistirse mutuamente, a cargar sobre su hombro las necesidades propias y las de al lado para poder salir adelante, siendo conscientes de que no contaban con nadie más que con ellos mismos. Tras este período de inestabilidad en todos los sentidos, los residentes se encuentran esperando con ansias la temporada de verano, asegurando que las condiciones para el distanciamiento se dan de forma natural dentro de su maravilloso paisaje.