Algunas reflexiones sobre las visitas a la Quinta de Olivos

Por ESTEBAN BULLRICH / Senador Nacional por Juntos por el Cambio

Parece una obviedad, pero hay que aclararlo porque se quiere transformar esa obviedad en un argumento: el Presidente tiene total libertad para hacer con su vida privada lo que le plazca.

En ese sentido, le caben las mismas de la ley que a cualquiera de nosotros, y ese mismo criterio rige para las personas que fueron a visitarlo: nadie pone en entredicho ni juzga la manera en la que deciden vivir sus vidas.

Pero lo que el Presidente decide hacer con su vida privada en la Quinta de Olivos es de otra naturaleza.

En primer lugar, el funcionamiento de la Residencia se gestiona con fondos públicos, es decir, con el dinero de todos los argentinos.

De ahí que sea necesaria una aclaración contundente, con pruebas irrefutables, de que lo que allí ocurría no se contradice con la ética pública ni con las normas a las que el presidente se sometió al jurar su cargo.

En segundo lugar, no hace falta tener la intuición de Sherlock Holmes para darse cuenta de que, explicar como una coincidencia el ingreso de numerosas personas a altas horas de la noche el día del cumpleaños del Presidente y de la primera dama, y hacerlas pasar por reuniones de trabajo como deslizó públicamente el Jefe de Gabinete, es subestimar a todos los argentinos.

Pero supongamos que, contra todo pronóstico, aquello es cierto: sólo el Presidente y su equipo son capaces de demostrar que eran reuniones de trabajo, no la oposición, ni los medios. Depende de él, del Presidente, el tener un acto de grandeza que ayude a clarificar lo que, de otra manera, no puede ser más que otro escándalo, uno más.

¿Y por qué es un escándalo? Porque al mismo tiempo que ingresaban todas estas personas a festejar ─y hasta que no haya pruebas contundentes de que ello no ha sido así, eso será lo que fueron a hacer─ millones de argentinos permanecían recluidos en sus hogares, respetando las disposiciones del presidente y poniendo en riesgo su sustento y el de sus familias; muchos otros no pudieron dar el último adiós a un ser querido, mientras veían cómo sus hijos se deprimían o eran víctimas de la ansiedad.

La dimensión del escándalo se vuelve real y palpable cuando uno lee lo que informaba Télam el 2 de abril de 2020, día del cumpleaños de Alberto Fernández: “El presidente cumple 61 años y lo celebrará acompañado por la primera dama Fabiola Yáñez, su hijo Estanislao y su perro Dylan en la Residencia de Olivos, desde donde dirige las acciones contra el coronavirus”.

Estos episodios ponen a la dirigencia de cara a un problema que queda oculto por la diaria y la vorágine de la política: a la par de una reconstrucción económica formidable, hará falta una verdadera reconstrucción moral cuando este gobierno termine su mandato.

La dirigencia debe prepararse para construir, hoy más que nunca, una alternativa que restaure la confianza dañada por los escándalos, que van desde los vacunatorios vip y las fiestas en cuarentena, pasando por negarle el ingreso de argentinos a su país o los campos de confinamiento que existen, todavía hoy, en Formosa.

Ejemplos, lamentablemente, sobran.

Después de estas elecciones, que estoy seguro serán muy positivas para el país, la dirigencia debe comenzar sin dilación a trabajar en una agenda que ponga el eje en esta reconstrucción moral, quizás tan difícil, o más, que todos los desafíos por venir.

Si no hacemos esto ahora, es probable que en 2023 debamos primero convencer a los votantes de que vale la pena apostar por la democracia, antes de tener que convencerlos de que apuesten por nosotros.