Lunes, 25 de Junio de 2018

Varios centros y varios sures

Por: JORGE ARGUELLO

La embestida de Donald J. Trump en su pretensión de retrotraerse a las épocas en que Estados Unidos se proclamaba el centro absoluto del mundo alarma a sus propios aliados del Norte, desde Canadá a la Unión Europea, aterrados con la posibilidad de una guerra comercial generalizada y suicida.

 

El mundo se colmó de advertencias proferidas por gobernantes, diplomáticos y economistas, pero un editorial del New York Times de esta semana describió mejor que nadie el complejo de superioridad de la potencia que dominó el planeta desde la posguerra y hoy se ve desafiada, entre otros, por el ascenso de China: “Queda claro que Trump confunde el rol y los poderes del presidente con los de un rey”.  

 

Hace un tiempo, las redes sociales recuperaron un antiguo mapamundi de los continentes conocidos por los europeos hace 2 mil años, en el que la Roma imperial se colocaba a sí misma en el centro del planeta.

 

Ese centro continuó cambiando de manos, hasta consolidarse en el siglo XX ocupando el norte geográfico, occidental y capitalista, dueño del conocimiento y de la tecnología, en marcado contraste con un Sur económicamente subdesarrollado en América, Africa y Asia, su periferia.

 

El esquema Norte-Sur, definido por una línea divisoria muy nítida de poderío económico, financiero, comercial, tecnológico y militar, inspiró en los 70 una búsqueda de justicia global desde el Sur, cohesionado por la noción de solidaridad entre naciones vulnerables con intereses compartidos.

 

Favorecida por una coyuntura de mejoras en los términos de intercambio y por un momentáneo agotamiento en el Norte, la periferia se ilusionó en aquellos años con una dinámica Sur-Sur que rompiera la dependencia y estableciera un equilibrio.

 

Aquel impulso duró poco y el Norte siguió imperando hasta los 90, cuando todo comenzó a cambiar. El fin de la Guerra Fría y el triunfo generalizado del capitalismo neoliberal diseñaron un mundo multipolar, más interdependiente, y que, como gran novedad, permitió la irrupción de potencias emergentes.

 

De hecho, la primera versión del Grupo de los 20 (G20) fue un ensayo del Norte que, aceptando el ascenso de los emergentes, buscó contener al nuevo Sur. El objetivo: evitar que las crisis financieras provocadas por el propio neoliberalismo en la periferia contagiaran al centro.

 

En los 2000, la bonanza de precios de las materias primas, el aumento de la demanda mundial y la globalización potenciaron el intercambio económico y diplomático Sur-Sur y de la periferia en general. Como ejemplo están los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el Nuevo Banco de Desarrollo y múltiples acuerdos comerciales y políticos (en América Latina, Unasur Y Celac).

 

Con la gran crisis de 2008, la línea que separaba el Norte del Sur perdió potencia. Aparecieron otras líneas divisorias, más difusas, punteadas y permeables. El antiguo y único centro, que a principios del siglo XX hegemonizaba la riqueza, el conocimiento y el poder, reconoció otros nuevos centros, el más notorio y desafiante, China.

 

Pero, a diferencia de la interrelación Sur-Sur original, en su actual configuración el Sur muestra un escenario variopinto de potencias emergentes, de potencias medias en consolidación y de numerosas naciones todavía vulnerables y dependientes.

 

La antigua periferia expresa intereses que ya no confluyen tan fácilmente y que, incluso a veces, se contraponen. Hay países que sostienen el alto precio de los alimentos, mientras otros, que deben importarlos, agradecen el proteccionismo agrícola del Norte. No todos en el Sur consiguieron sacar ventajas de las recientes reformas del FMI y del Banco Mundial. Y potencias como China avanzan con gran apetito en actividades extractivas en América del Sur, como lo hacían Estados Unidos o Europa.

 

Más importante aún, algunos emergentes se desplazaron hacia el Norte en el campo de las ideas. Así, vemos a China, India o Brasil convertidos en adalides del libre comercio, frente al proteccionismo ensayado ahora por las potencias tradicionales en un desesperado intento por mantener sus ventajas relativas.

 

Vale preguntarse si en función de sus nuevos intereses nacionales estos actores emergentes mantendrán viva la idea de solidaridad y equidad que alguna vez alentaron como parte del Sur o si, por el contrario, han desistido de transformar el sistema de relaciones global aspirando a desplazar y reemplazar a las viejas potencias en su rol.

 

La posibilidad de recrear una relación de cooperación Sur-Sur en el siglo XXI pasa por reconocer el cambio de escenario global, un mundo productivo dominado por cadenas globales de valor que desdibujan el esquema Norte-Sur y limitan las potencialidades nacionales y regionales sobre las que, como sostenía Aldo Ferrer, se pueden construir alternativas viables al neoliberalismo voraz e insustentable.

 

Pero si ahora son varios los centros capaces de imponer tecnología y traducirla en poder económico y comercial, ¿por qué habría de haber una sola periferia y no varias en un mundo tan conectado como fragmentado? Tampoco hay un solo Sur, sino varios “sures” con variados modos de dependencia.

 

Del mismo modo, hay varias Américas Latinas, hacia el Pacífico y el Atlántico, pero obligadas a converger política y económicamente con sus distintos modelos de integración al mundo si pretenden alcanzar un desarrollo autónomo fortaleciendo lo que Ferrer llamaba la “densidad regional”, frente a una globalización bajo condiciones impuestas por los diversos centros.

 

El desafío ahora consiste en articular los intereses de estos sures, y hacerlo sin perder de vista aquella idea de cooperación. ¿El riesgo? Que los nuevos emergentes repliquen las prácticas que privaron de posibilidades de desarrollo al “resto”, que adopten la fe neoliberal y terminen clausurando por décadas, otra vez,  la suerte de las nuevas periferias.

 

Desde la Revolución Industrial, al Norte le llevó más de dos siglos consolidar sus relaciones para dominar y establecerse como centro indiscutido del planeta. El Sur lleva apenas cincuenta años buscando su identidad. En términos históricos hay tiempo, aunque ahora corre mucho más veloz.

 

JORGE ARGUELLO   Presidente de la Fundación Embajada Abierta. 

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