Miércoles, 15 de Febrero de 2017

Un mal invisible y silencioso

Por: CLAUDIO ROMERO

En el mundo violento en que vivimos, hay una violencia silenciosa, difícilmente notificada y jamás reconocida por quienes la ejercen en el hogar, en las instituciones médicas y geriátricas, en la calle: el maltrato y el abuso hacia las personas mayores.

 

Los ancianos, sean mujeres o varones, padecen en la oscuridad del ocultamiento los golpes, la tortura psicológica y el abuso sobre sus finanzas como nadie más. Este maltrato es silencioso porque es muy difícil que la víctima denuncie, por temor, a algún miembro de su familia o a un cuidador.

 

Todo ello supone una falta de atención hacia los derechos de los mayores como personas. En la Secretaría de la Tercera Edad porteña hemos recibido durante 2016 1003 pedidos de auxilio de mayores que viven en la ciudad de Buenos Aires. Fueron atendidos por nuestro equipo interdisciplinario, que sigue un protocolo riguroso y, cuando fue necesario, los trasladó al refugio que funciona gracias a nuestro programa Proteger.

 

La incapacidad física de estas personas, la indiferencia de su familia, las amenazas de un pariente o cuidador, el descuido de los profesionales médicos, la negligencia tejen una malla perversa que neutraliza las denuncias.

 

El maltrato a los mayores es todavía un tema tabú, un problema de la sociedad, de la familia y del Estado. La cultura social no sólo impidió ver el problema, sino que contribuyó a "desaparecer" las virtudes de la vejez, ante la adoración de lo bello y lo joven que prevaleció en las últimas décadas. Hasta las muertes por asesinato de jóvenes resuenan más que los feroces ataques a jubilados en sus domicilios o a la salida de los bancos para despojarlos de sus escuálidos haberes.

 

El anciano sabio de otros tiempos y de otras culturas pasó a sernos indiferente, un objeto descartable, inútil, un estorbo.

 

La denuncia llega cuando el estado del anciano, vulnerable y privado de fuerzas mínimas por el deterioro del cuerpo y de la mente, ya está comprometido seriamente luego de haber pasado por un doloroso proceso de vejámenes, que dejan sus rasguños, moretones, lesiones óseas y craneales, además de sellar a fuego la subestimación y la desvalorización de ese ser humano maltratado.

 

Desde la función pública asistimos en cuanto las denuncias llegan a nuestro teléfono 0800-666-8537, enfrentándonos, con el respaldo de la Justicia y la policía, a cuanto desborde violento sobreviene ante el auxilio.

 

El nuestro será un trabajo sin avance posible si la sociedad no acompaña nuestra tarea, al menos contribuyendo solidariamente con la denuncia.

 

Detectar a las víctimas es el paso imprescindible para frenar esta violencia, que se desarrolla en los hogares pero también en ciertas instituciones donde los parientes o las malas administraciones maniatan a los pacientes, atentan contra su dignidad, les impiden tomar sus propias decisiones, les niegan asistencia elemental, les ofrecen medicina excesiva o insuficiente, cuando no se la niegan, o los someten al rigor emocional.

 

Es entonces cuando la persona mayor ingresa en cuadros depresivos o de ansiedad irreversibles y tiene más posibilidades de morir. La responsabilidad de poner fin a esta enorme discriminación nos compete a todos, a los gobiernos, a las instituciones del Estado, a la sociedad en su conjunto y a todas las familias que tienen en su seno al menos un adulto mayor.

 

Hagamos visible lo invisible.

 

CLAUDIO ROMERO   Secretario de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires

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