Teatro: La inteligencia y la sensibilidad se unen en "Tiestes y Atreo"

(Por Juan Cruz Begondi)

Domingo, 10 de Junio de 2018 - 06:15 hs

Por Juan Cruz Bergondi

 

Provocar requiere muchas cosas. En el lenguaje, al tratarse de un verbo transitivo, requiere sí o sí de un complemento: ¿provocar qué cosa? Es una acción que se ejerce sobre algo o alguien, por lo que requiere también de un otro, dispuesto o no, a ser provocado. El Teatro Nacional Cervantes, en su hasta ahora impecable nueva gestión, bajo la batuta de Alejandro Tantanian, convocó a Emilio García Wehbi para que haga lo que sabe: provocar. Lo lindo del asunto es que Tiestes y Atreo, la obra en cuestión, encuentra aquí condiciones que aportan a su excepcionalidad. Por un lado, el público del Cervantes amplía el público del circuito alternativo al que -en especial de un tiempo a esta parte- en verdad incluye. No hay en el país ningún teatro como el de Wehbi, por su calidad, por su ambición, por su coraje, y por la agudeza de sus reflexiones. La oportunidad de que un mayor número de espectadores asista a la función debería ser una garantía en este caso porque si hay algo que logra Tiestes y Atreo con el teatro es devolverlo adonde pertenece: la conversación pública. Por otro lado, la puesta parte de la versión que Séneca, contemporáneo de Jesús, hizo del mito griego. Pero no es el único material que introduce: lo que se da es una dialéctica entre los materiales de la cual surge el sentido de la obra. Y la cantidad de materiales es sencillamente abismal. ¿Qué es provocar? Ante todo quizá el llamamiento que produce en el otro una coherencia rigurosa.

 

 

Tiestes se comió sin saber un banquete hecho en su honor con el cuerpo de sus hijos. Recién se entera cuando Atreo, su hermano gemelo, le enseña la cabeza cortada de los niños. La premisa de que los hijos son devorados por sus padres estructura la obra; la metáfora vehiculiza el pensamiento de que toda generación joven es obstruida por su atecesor que pretende impedir el avance de lo nuevo y coservar como está el estado de las cosas. Webhi pone en el mismo nivel los actos de los gemelos, porque los hijos de Atreo tampoco, a su manera, pudieron zafar. El horror es un círculo del cual no hay escapatoria, y como la minoría -de edad, de género, de religión, de raza- siempre va a terminar en el estómago del pez más grande, el director, en su afán de ejemplificar, propone un elenco de todas mujeres -por más que los roles tradicionalmente fuesen destinados al varón-. La obra está dividida en dos partes y un entreacto. La primera, “Escila”, donde se advierte con mayor claridad la tematización de la violencia estructural de género, también funciona a la manera de manifiesto: lo que empieza solemne debe parar, la revolución -se sabe- necesita de nuevos discursos. El entreacto, una transposición desfachatada y creativa del ensayo de Jonathan Swift, se llama “Una modesta proposición”. Y la última parte, que conserva más -a la vez que actualiza- los ecos del teatro latino, “Caribdis”, es por sí sola un verdadero banquete para el espectador.

 

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Tiestes y Atreo no está atravesada por la transdisciplinariedad: a partir de ahí se construye. La forma determina aquí el contenido. La convivencia entre el teatro, las artes plásticas, la literatura, la música, el cine y el video -como una constante en el trabajo de Wehbi- no transita en paz, sino que la lucha interna entre los procedimientos es la llama que mantiene viva la tensión. Si hubiese que encontrar alguna filiación no se podría hallar en Argentina, sino en el trabajo de Romeo Castellucci. En la obra se dan cita tanto Tom Waits y Tindersticks, como Goya y Stig Dagerman. Por utilizar la categorización de Gérard Genette, puede hablarse de transtextualidad: una obra que conversa con otras obras, que cita, alude y parodia, pero también se inserta en una conversación mayor, la que incluye tanto los géneros, como el arte y el tiempo que le toca vivir. En este sentido, Wehbi es un contemporáneo: qué importa si es un clásico grecolatino o parta de Virginia Woolf o Slavoj Žižek, encontrará la forma -¡porque la forma, como decían los rusos hace un siglo, es todo!- de hablarle al aquí y ahora. Sale y entra de un texto a otro, va a los saltos, critica y para la pelota para que Hermes pueda hacer entrar en razón al público. Hay que agradecer que exista el teatro de García Wehbi, pero no con reverencia: estar a la altura significa estar dispuesto a jugar el juego de la provocación, uno de los más serios de todos.

 

 

La obra se puede disfrutar hasta el 24 de junio de jueves a domingo a las 20 en el Teatro Cervantes, ubicado en Libertad 815.

 

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