Viernes, 6 de Octubre de 2017

Por qué el sistema de salud es como es

Por: ALDO NERI

Las instituciones sociales son un producto cultural y político, no sólo instrumentos de racionalidad teórica destinados a cumplir una función comunitariamente necesaria. Esto quiere decir que, además de hacer mejor o peor esto último, responden a expectativas de sus protagonistas, sean ellas económicas, de poder, de prestigio, poderosas fantasías populares, o combinaciones de todas ellas. A veces, existe un proyecto político fuerte que las acota y orienta hacia sus propios objetivos; en el caso de salud ejemplo fue Gran Bretaña en la posguerra o Cuba en la revolución.

 

Nada de esto último sucedió en salud en Argentina, aunque hubo intentos fracasados. Educación sí lo tuvo -educación primaria pública, universal e igualitaria, laica y gratuita-, generado por nuestros próceres liberales del siglo XIX, pero desfalleció (más bien falleció) en la segunda mitad del siglo pasado. Y así fue que el modelado de los servicios de salud lo realizó el complejo juego de aquellos intereses parciales, resultando las políticas públicas en gran medida efectos de la mayor o menor fuerza política de estos intereses.

 

En un país de desbordada corporativización -empresarios, sindicatos, iglesia, profesionales, militares-, donde esta dinámica incluso reemplazó al sistema político en largos tramos de su historia, salud alimentó, por ejemplo, al principio el ascenso social de los profesionales médicos, después la consolidación de un modelo sindical monolítico construido desde el Estado, siempre la desproporcionada rentabilidad de la industria farmacéutica, y la reciente expansión de nuevos intereses empresarios de mercado. A la par de innegables progresos, nada de ello pudo hacerse sin pagar costos muy altos en términos de eficiencia y equidad social.

 

Por otra parte, el Estado en sus distintas jurisdicciones fue desactivando su rol en la medida que los intereses políticos, económicos o de prestigio, legítimos o no, de los actores sectoriales se radicaban crecientemente en otros ámbitos. Reforzaba este proceso la avidez de status diferenciador que caracteriza a las clases sociales argentinas, en una etapa histórica en que paulatinamente se abolió la movilidad social. No, como decía D’Artagnan, mosquetero de mi infancia: “uno para todos y todos para uno”, sino “sálvese quien pueda”.

 

Más que nunca, los hospitales y centros de salud estatales están para los pobres, y para subsidiar por varios mecanismos a las obras sociales y a la medicina privada, y para actuar en la emergencia como válvula de seguridad, a cargo de los malos negocios de la salud.

 

La epidemia neoliberal de los ’90 profundizó una tendencia que no había podido ser revertida con el proyecto peronista del Sistema Integrado de los ’70, ni por el radical del Seguro Nacional Universal de los ’80. Un federalismo entendido como desentendimiento nacional y una creciente mercantilización del campo de las obras sociales y el privado, tampoco contrarrestados por los últimos gobiernos, consolida la fragmentación y desigualdades del sistema. Entendamos, hay carencias de buenos servicios para muchísima gente, pero hay incluso mal servicio por sobremedicalización para mucha otra gente. Para nosotros, en materia de paradigmas en salud, la globalización resulta una norteamericanización (USA) del sistema, desechando algunos mejores ejemplos europeos.

 

La gente, en general, se preocupa poco de las deficiencias salvo cuando la salpican cerca. Los políticos saben esto y habitualmente evaden el plantear reformas estructurales que tardan en mostrar sus frutos.

 

El proyecto del gobierno actual, de cobertura universal de salud (CUS), aparte de útil como recurso electoral, cumple la función de organizar la “obra social de los pobres”, sin cambio en la estructura de servicios y desigualdad del pueblo argentino. En la sociedad capitalista un punto crucial es determinar qué cosas son tributarias del mercado, regulado o no, y qué cosas no. Salud y educación claramente no son tributarias del libre mercado. Él discrimina y segrega.

 

Cada quien, de buena o dudosa fe, actúa con su lógica en este sistema desarticulado. Pero un pueblo sólo es nación cuando, en asuntos cruciales, elabora una lógica común, mayoritaria, como base del consenso. Promoverlo es el desafío de la buena política.

 

ALDO NERI   Ex Ministro de Salud

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