Lunes, 6 de Abril de 2009

No somos meros espectadores

Por: MARCOS PEñA

     Los argentinos conocemos demasiado bien los tiempos de crisis. Suelen ser recurrentes, afectan nuestra autoestima y nuestras ganas de proyectar. Nos dan bronca, ponen en marcha nuestro mecanismo habitual de buscar culpables y pronosticar futuros apocalípticos. Hoy le toca a este gobierno caer en desgracia, ayer le tocó a otro, y así sucesivamente.

     Si no rompemos este ciclo no lograremos un avance real: correremos el riesgo de volver a depositar las esperanzas ciegas en alguien, tendremos un tiempo de crecimiento y de compras en cuotas, para luego caer en las decepciones y frustraciones de siempre. Si algún día queremos romper el ciclo tendremos que hacernos cargo de nuestras responsabilidades. Tenemos que involucrarnos. Dejar de mirar la realidad como si fuésemos hinchas de un club de fútbol que cambiará de técnico y de jugadores hasta que gane un campeonato.

     Este es nuestro país. Nuestro lugar en el mundo. El de cada uno de los argentinos. Uno puede vivir en otro país, intentar una nueva vida, pero ese nuevo país nunca será el propio. Aquello que no resolvamos nosotros no lo resolverá nadie. Somos responsables de lo que es nuestro, especialmente ante los ojos de nuestros hijos: ¿vamos a dejarles un país mejor o un país peor?

     Aquí, como en cualquier lado, algunos tienen más oportunidades que otros. Esto no es discutible, es un hecho. Algunos pudieron tener más dinero; otros, familias contenedoras o más talentos para desarrollarse en la vida. Pueden o no ocupar un rol en la conducción de una empresa, en un sindicato, en un partido político, una ong, en una cátedra universitaria o en un gobierno. Pero esas personas, entre las que me incluyo, tienen más responsabilidad que otros.

     A eso se le llama clase dirigente, y se define como el conjunto de personas que tienen la posibilidad (o la responsabilidad, o la obligación) de influir en el rumbo de una sociedad, de protagonizar un liderazgo. Las clases dirigentes son elementos estabilizadores, ya que desde sus responsabilidades políticas, empresariales, sociales, religiosas o académicas (entre otras) lideran, consensuan y definen posibles rumbos de un país. Es un concepto controvertido en la Argentina (y también en otros países). Se asume cierta culpa implícita por la posible opresión en una sociedad que no sea enteramente horizontal.

     En Wikipedia encontré la siguiente definición: el concepto de clase dirigente tiende a usarse de forma peyorativa, marcando su poco respeto por los derechos y la situación social de las clases inferiores. Ok, perfecto, pero existe. Y negarla es una hipocresía. En todo caso lo que hay que mirar es cómo trabajar para que la dirigencia asuma su rol y lo ejerza de una manera abierta, democrática, captando y entendiendo las necesidades y demandas de la toda la sociedad. No debe ser un grupo de iluminados que pretenda imponer una visión de país, sino gente con responsabilidad y liderazgo positivo.

     También es clave que tengan una actitud abierta, que su influencia no sea un derecho de cuna, sino el resultado del mérito y el esfuerzo. Uno no deja de ser dirigente por decir que es uno más. Sorprendentemente en nuestro país cuesta encontrar a aquellos que se reconocen abiertamente como parte de la clase dirigente. Funciona más el recurso de "el verdaderamente poderoso es...". Siempre hay otro que es el que tiene las posibilidades. Así uno siente que se corre de las responsabilidades, pero no es así.

     Entre los jóvenes este fenómeno se agudiza. Es difícil encontrar entre aquellos que estudiaron en una universidad, o que son hijos de dirigentes, o que son emprendedores sociales o empresariales, a alguien que se sienta como parte de la dirigencia de nuestro país. En algunos casos por no saber cómo influir y en otros porque ni se les cruzó por la cabeza.

     Como joven, y también como dirigente político, quiero alertar a los demás acerca de la necesidad de cambiar esta actitud, esta tendencia a borrarse. Tenemos que asumir que no somos espectadores del destino del país. No sirve mirar el noticiero o leer el diario y deprimirse por lo que pasa como si fuera una película. Todo tiene solución.

     No es verdad que no podamos ser un mejor país, que no podamos resolver nuestros problemas, que estemos condenados a ser un país frustrado. Pero tenemos que hacernos cargo. Involucrarnos. Defender aquello en lo que creemos. Influir. Participar. Protagonizar. Ser parte. Miremos la realidad desde otra perspectiva. Mirémonos en el espejo. Por ahí empieza nuestra solución.
 

MARCOS PEÑA   Secretario General del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

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