Domingo, 12 de Mayo de 2019

No fue así con Pinochet ni con Videla

Por: RODOLFO TERRAGNO

La ex Presidenta chilena Michelle Bachelet -militante como Salvador Allende del Partido Socialista- luchó contra la dictadura de Augusto Pinochet, sufrió cárcel y torturas, pero no claudicó. En ejercicio del poder, se empeñó en procurar “verdad, justicia y reparación” para “víctimas y familiares”. Hoy es la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y, desde esa posición, enfrenta a los gobiernos que violan tales derechos. Entre ellos está, a su juicio, el del venezolano Nicolás Maduro.

 

Bachelet ha denunciado que en la actual Venezuela se suceden las “torturas” y los “asesinatos”. Sus equipos contabilizaron, el año pasado, 205 homicidios atribuidos a las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES): una organización paramilitar que recuerda a la Triple A argentina.

 

Las de Bachelet son denuncias de una mujer progresista, que nada tiene que ver con la derecha.

 

Como no tienen que ver con la derecha Amnistía Internacional, que documentó seis “ejecuciones extrajudiciales” a manos de las FAES en distintas partes de Venezuela.

 

Ni son de derecha las expresiones del ex presidente socialista de España, Felipe González, quien llegó al extremo de afirmar que en Venezuela hay una “tiranía”.

 

El chavismo -que en dos ocasiones admitió una derrota electoral- se volvió cada vez menos democrático y, cuando la economía venezolana comenzó a desmoronarse, recurrió al encarcelamiento y la represión irregular.

 

El gobierno de Maduro atribuye la crisis económica, incluyendo la falta de alimentos y medicinas, a las sanciones que, desde mucho antes de hacerlas explícitas, vienen aplicándole los Estados Unidos a Venezuela. Eso pudo haber contribuido, pero no es la causa principal.

 

Por otra parte, si Washington tiene el poder de asfixiar al gobierno venezolano es porque la “revolución antiimperialista” que inició Hugo Chávez no supo acabar con la dependencia.

 

La Venezuela chavista vivió hasta hace meses de los Estados Unidos.

 

Cuando se inició el actual conflicto, exportaba al país de Trump unos 500.000 barriles de petróleo por día. Más de 40 por ciento de sus exportaciones iban a los Estados Unidos, de donde venían además sus mayores importaciones.

 

No hay país que tenga más reservas de petróleo que Venezuela. Ni Arabia Saudita. Pero el chavismo no se ocupó de incrementar la producción, diversificar mercados y desarrollar la petroquímica. Más aún, Venezuela siguió yendo a refinar su petróleo en los propios Estados Unidos, donde es dueña de una empresa, basada en Houston, que tiene allá tres refinerías.

 

El chavismo gozó de varios años de precios record del petróleo en el mundo. Cuando asumió Chávez, 18,48 dólares por barril. Cuando asumió Maduro, 98,92. Es cierto que en 2015 el precio comenzó a caer y el año pasado estuvo a 57,77, pero ese valor (tres veces superior al que encontró Chávez en su debut) habría bastado para resistir, si el país se hubiese desarrollado y el gobierno mantenido un fondo de reserva. En cambio, el chavismo dilapidó recursos y creó el Fondo Nacional para el Desarrollo Nacional (sic), conocido como FONDEN, que desde 2005 manejó más de 100.000 millones de dólares, perdió ingentes sumas en inversiones financieras y no modificó la estructura productiva del país.

 

La economía se redujo a la mitad en seis años, y la inflación está hoy en 1.623.656 por ciento anual. Sí, 1.623.656.

 

Quienes más sufren este colapso son los sectores de menos ingresos.

 

El “socialismo del siglo XXI”, como el chavismo bautizó a su doctrina, comenzó disminuyendo la desigualdad social pero terminó aumentándola. Con la creciente crisis económica, desde que asumió Maduro hasta ahora la pobreza extrema pasó de 23,6% a 62,1% de la población. Son datos de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI): una organización formada por la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolivar y la Universidad Andrés Bello.

 

Esa es la causa principal del pasmoso éxodo venezolano.

 

El Alto Comisionado de las Uniones Unidas para los Refugiados ha comparado la diáspora venezolana con la causada por la guerra de Siria. Según el organismo, desde 1999, abandonaron Venezuela tres millones de venezolanos; alrededor de 10 por ciento de la población.

 

Human Rights Watch publicó recientemente un informe titulado “El éxodo venezolano: Urge una respuesta regional ante una crisis migratoria sin precedentes”.

 

Es que esos millones de venezolanos se han repartido, en su mayoría, por Colombia, Perú, Chile y la Argentina, creando un problema migratorio de envergadura.

 

Fue eso lo que convirtió el drama interno de Venezuela en un fenómeno internacional.

 

Más de medio centenar de países -la Argentina entre los principales- procuran hoy que cesen los padecimiento en la República Bolivariana. Con ese fin, han tomado una decisión asombrosa: reconocer como Jefe de Estado de Venezuela a Juan Guaidó, que no gobierna ni un metro cuadrado del territorio, pero que se ha constituido en ese necesario líder que la oposición no supo encontrar durante años. El apoyo político y económico a Guaidó, sumado a nuevas sanciones, terminarán por voltear a Maduro. Ya los Estados Unidos, aunque con muy dudoso derecho, congelaron los recursos que Venezuela tenía en ese país, y le han impuesto un cuasi bloqueo a su comercio exterior. El apoyo de Rusia y China no le alcanzarán a Maduro para conservar el poder.

 

Ojalá la comunidad internacional hubiese tenido la misma sensibilidad, en su momento, cuando Chile vivía bajo la impía crueldad de Augusto Pinochet y la Argentina sufría el terrorismo de Estado de una infame Junta militar. Ambos gobiernos ejercieron un poder absoluto y cometieron crímenes de lesa humanidad a gran escala, sin recibir de los Estados Unidos sanciones sino apoyo.

 

Ahora, cualesquiera sean sus motivaciones, Washington es al menos parte de un movimiento internacional capaz de llevar libertad y sosiego a un pueblo devastado. El desenlace debería llegar cuanto antes: de lo contrario las sanciones dirigidas a liberarlos, acrecentarían las penurias de los venezolanos . 

 

ROLDOLFO TERRAGNO   Embajador argentino ante la UNESCO

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