Domingo, 5 de Marzo de 2017

Macri no elude la batalla ideológica

Por: MARIO RIORDA

Hace tiempo tomé una definición -a mi criterio excesivamente realista y por eso mi devoción a ella- de lo que es comunicación política, entendiéndola como el intento de control de la agenda pública. En ese intento, el oficialismo da su batalla con una firme voluntad de arreciar, de enfrentar a la coyuntura. En eso es bastante parecido al gobierno pasado. Esa lucha es la lucha por la agenda y el gobierno juega fuerte en ella.

 

Aunque no la veamos, la ideología siempre está. Se sabe que las políticas públicas son la cristalización de un pensamiento ideológico y el discurso ideológico es inherente al discurso político. Indudablemente el voto ha cambiado en la fidelidad a los partidos, pero muy poco en la fidelidad a ideas o convicciones. El voto ideológico, transformado, en formato reloaded existe y existirá. Y aunque no explica la totalidad del comportamiento electoral, sí se pudo palpar su interés en el discurso presidencial. "Basta de que nos regalen el presente para robarnos el futuro" es la constatación de la máxima carga ideológica del discurso de Cambiemos. Traducido al criollo: el populismo reparte lo que no tiene. Y ahí comienza a jugarse nuevamente una pretensión de polarización electoral.

 

Y tan ideológico es eso que reproduce lo que le sucedía al kirchnerismo: todo lo que celebraba el oficialismo, era lo que la oposición criticaba. Notablemente parecido, pero al revés. Luego si, luego vienen los atavíos de retórica aspiracional conocidos. Todas versiones aggionarnadas del “sí se puede” y con el característico uso refundacional que los discursos políticos suelen tener en estas instancias. “Por primera vez en años, hay un gobierno que quiere cuidar a todos los argentinos” puede sintetizar ello fehacientemente. La recurrente muletilla del eterno comienzo de la Argentina.

 

La combinación de pasado y futuro El discurso de apertura de sesiones legislativas fue retrospectivo y prospectivo a la vez. Retrospectivo porque se ancló nuevamente en el pasado. El pasado malo. Implícitamente también fue crítico de la historia misma aduciendo que la Argentina no pudo hasta hoy, aunque el pasado preferido es el reciente de los últimos 12 años. Ahí la capacidad estigmatizante del discurso oficialista -hacia la oposición- ha sido potente. El problema es que también el oficialismo tiene ahora sus estigmas. Y además una evaluación diferente en la opinión pública. Ensayemos una matemática simple. La imagen positiva está más baja que los votos obtenidos en el ballotage. Ahí hay que ver un esfuerzo por reagrupar parte del voto que se tuvo y que probablemente esté deambulando en la decepción.

 

Y prospectivo porque estuvo cargado de activismo, de híper optimismo hacia el futuro. "Cada día vamos a estar mejor" es demasiado elocuente. Sin embargo, el contexto ordena la comunicación. Y la coyuntura tiene la mala costumbre de meter la cola en los discursos. La imputación por otro supuesto conflicto de intereses sucedió a horas del discurso y deslució mucho del énfasis en el ítem del contrato electoral más explícito que Macri haya conseguido: la transparencia. Y encima la economía no es un activo al que se pueda abrazar fácilmente, al menos no sin reconocer que las expectativas económicas se corrieron sensiblemente a la baja.

 

Latinoamérica deja enseñanzas No hubo gran cantidad de propuestas que generasen una agenda futura. Incluso muchas de las reformas expresadas tienen el riesgo de consumir mucho tiempo y mucha energía política pero pocos resultados concretos en la percepción ciudadana. Hay que estudiar lo que pasó con el Pacto por México para dar una idea acabada de esto y el derivado de sus múltiples “grandes” reformas. La ciudadanía se preguntó: ¿y esto en que me cambia la vida hoy?.

 

Y la región alecciona también de muchas otras maneras. Los discursos de cambio le arrebataron el cambio a la izquierda. ¿Alguien dudaría que la expresión revolución corresponde a la izquierda?. Sí, Macri, que ya lleva tres usos grandilocuentes: “Revolución de la alegría”, “Revolución del trabajo” y “Revolución educativa”. El presidente peruano -PPK- no es menos proponiendo la expresión “Revolución social”. Pero más allá de la evidente tendencia del agotamiento de los gobiernos con discursos progresistas en América Latina, parece emerger a coro una contra tendencia regional, cuál es que los gobiernos que asumen, caen sostenidamente en la aprobación popular. Este es un dato que obliga a la evaluar políticas y estilos, antes que a la revisión de discursos.

 

MARIO RIORDA   Especialista en comunicación política

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