Lunes, 15 de Junio de 2009

Los días de la ira: poder, elecciones y escraches

Por: JORGE TELERMAN

     El escrache es un delito y la acusación de golpista es difamatoria.

     Así de simple. Y así, irresponsable y naturalmente, seguimos aceptando que el odio esté entre nosotros. Ya estaba antes, mucho antes de que esta campaña comenzara. Poco importan las razones por las que el odio se ha hecho presente en nuestra vida social y política, y menos importa discutir quién empezó. Lo que importa es erradicarlo. No se logrará en esta deslucida campaña, pobre en ideas como nunca, absurdamente plebiscitaria como si se eligiera presidente y no legisladores, y con más candidaturas individuales que partidarias que, además, declaman soluciones de una frase para problemas complejos.

     Una de las mayores tareas de los líderes y dirigentes es robustecer, en toda la sociedad, la certeza de que no solamente habitamos un mismo país, sino que formamos parte de una misma comunidad de valores e intereses. Si eso ya es muy difícil de lograr en una sociedad con obscenas diferencias entre pobres y ricos, ese objetivo se vuelve más inalcanzable aún si no hay relaciones de respeto y convivencia entre unos líderes que hasta hoy no han sabido salirse de un escenario en el que algunos generan, otros reproducen y pocos rechazan el odio.

     Ese odio vociferado – y amplificado por cierto periodismo cebado en el escándalo- alienta la intolerancia de la sociedad. El círculo vicioso se cierra cuando esa dirigencia, creyendo que así no quedará descolocada frente a la opinión pública, aumenta la apuesta. Una opinión pública que no percibe actitudes ejemplares de la dirigencia nunca es buena consejera.

      Es el miedo lo que nos hace odiar, porque es nuestra reacción frente a situaciones o personas que nos pueden dañar o destruir. Más allá de las pasiones indivuales -cuya moderación es asunto y tarea de cada uno-, en tanto síntomas político y social, ni el miedo se combate con otras acciones temerarias, ni el odio se disuleve impostando palabras de amor.

     La precondición para diseñar un proyecto colectivo es erradicar el odio en las relaciones políticas y sus efectos en la sociedad.

     La valentía, en todo caso, es poner de manifiesto una verdad, que debe decirse sin especular con que eso agregue o quite algún votante. La verdad es que, puertas adentro, los diálogos entre los dirigentes son bastante más civilizados que cuando aparecen los micrófonos, se encienden las cámaras y la consigna parece ser “¡Aplastemos al perdedor. Venguémonos del ganador!”. Nadie debe sentirse más debil, al contrario, por decir en público lo que dice en privado. Como mínimo, mostraría que a muchos les preocupa no poder encaminar la Nación, de una buena y sostenida vez por todas.

     Pero como cuando no hay vida interna en los partidos políticos se acata la voz del amo, hay temor entre los oficialistas de contar en público que ellos reconocen en privado que no hay golpistas en la oposición, porque simplemente, no hay sectores golpistas en la Argentina.

     Tambien en voz baja, muchos dirigentes de esa oposición admiten que ellos también eligen a dedo a sus candidatos, que aprovechan una ola de descontento en contra del gobierno nacional, y que muchas de las acciones de gobierno de estos últimos 6 años han sido correctas. Las bravuconadas y chicanas, con las que se intenta ineficazmente disimular la falta de ideas, hacen imposible los debates porque….¿cómo debatir con un golpista o un dictador?

     Los poco ilustrados manuales de nuestro marketing electoral sugieren demonizar al adversario, cueste lo que cueste y no tomar los riesgos de la discusión política. “La gente no cree más en la política” repiten los gurúes que abrevan, todos, del mismo libro gordo de Petete de campaña. “Viene Chavez” o “Vuelve el 2001” son consignas igualmente falsas que apuntan a generar miedo. Luego, siembran odio.

     La leyenda de la edad de oro de argentina es solo eso, una leyenda. Pero sí hubo momentos de encuentros, y si sus resultados no fueron más luminosos o no evitaron los tiempos sombríos posteriores, fue porque no los supimos sostener. No está en nuestros genes el desencuentro; ni tampoco la unión en un supuesto destino ineluctable. En los años 70, pagamos con sangre, sudor y lágrimas no haber entendido y defendido con convicción el abrazo entre Perón y Balbín. Y en los ochenta, el diálogo franco y respetuoso entre el alfonsinimo y la renovación peronista fortaleció la democracia e impidió los intentos de desestabilización institucional. Nuestra cultura política está lejos de haber mejorado desde entonces. Hoy aceptamos, por ejemplo, que la legitimidad de las candidaturas se defiende en los tribunales, y no a través de la selección interna de los partidos –elecciones abiertas, cerradas para afiliados, directas, indirectas…como sea!!-.

     Por supuesto que no ha sido la falta de tiempo ni ningún otro escollo leguleyo lo que lo impidió, sino la rústica vocación de demostrar que aquí se hace lo que yo digo, y listo. Esa es la frase que mete miedo.

JORGE TELERMAN   www.jtelerman.blogspot.com   Ex jefe de Gobierno porteño

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