Domingo, 1 de Marzo de 2009

La nueva política: de viejas prácticas a novedosas herramientas

Por: SEBASTIáN GALMARINI

      La crisis de representación de los partidos políticos en la Argentina no cesó, sino que se profundizó. Mucho menos la de nuestros dirigentes. La crisis de fines de 2001 implosionó el sistema de partidos tradicional en nuestro país, donde a través de los años competían UCR y PJ en los diferentes distritos electorales con partidos provinciales y municipales. Sin embargo, aquella ruptura no suscitó un nuevo modelo de representación política ni social, sino parches al malherido sistema. Es cierto, surgieron nuevas formas de representación parcial de fenómenos no conocidos o no explotados por los argentinos -según como se lo mire-, como las asambleas barriales o los “movimientos sociales”, pero difícilmente hayan reemplazado el rol de los partidos políticos como canales de síntesis de ideología, sentimientos e impulsos, intereses políticos, sociales o económicos tanto colectivos como individuales, etcétera.

     La proclamación mediática de una “Nueva Política” no impone mágicamente la desaparición y el fin de una etapa lamentablemente mal conocida por el desprestigio de la actividad política, y en especial de la política partidaria, donde los ciudadanos transformados en dirigentes aparecen como cristalizaciones alejadas de gente común, donde las estructuras partidarias funcionan como máquinas generadoras de clientelismo y prácticas corruptas sin ninguna capacidad de reciclaje, y donde los ciudadanos carecen de cualquier grado de incidencia sobre el funcionamiento del sistema en su conjunto. !Qué diferente serían las internas partidarias para elegir candidatos si participara un alto porcentaje de los afiliados!. Difícilmente se podría hablar de aparatos electorales y de falta de representatividad. Mucho menos existiría la intromisión del aparato estatal, a cargo de un color político, en las internas de otros partidos políticos.

     Durante años las grandes campañas alejaron a los dirigentes políticos de la comunidad. Alguno dirá que muchos elevaron su nivel de conocimiento individual frente a la comunidad, y si como dice el refrán: “nadie elige lo que no conoce", algunos dirigentes se transformaron en candidatos necesarios y suficientes justo frente a la fecha de las siguientes elecciones. Y es verdad. Pero esa relación no garantiza el pleno funcionamiento de la Democracia y sus Instituciones. Las campañas televisivas y los grandes despliegues publicitarios y mediáticos distanciaron dirigentes de dirigidos, provocando la estampida participativa contraria a los inicios de nuestra transición democrática donde las convocatorias eran multitudinarias. Sin embargo, aun no cicatrizó la herida abierta por la crisis. La participación política sigue en decadencia mientras vecinos de a pie, militantes y dirigentes no logren reencauzar una relación transparente, coherente y constructiva con la comunidad, alejada del desprestigio y la incredulidad. Ambas herramientas son necesarias y no excluyentes.

     Sin embargo, reelaborar el rol de los partidos políticos lleva de suyo la reconstrucción de la irremplazable función del militante. Militante con todas las letras es aquel que realiza su vida asimilando los problemas de otros y buscando soluciones individuales o colectivas. Militante es aquel que resigna horas para su familia, quien resigna horas de sueño, quien lamenta horas de esparcimiento, pero lo hace con la claridad de saber que piensa, dice, siente y hace lo que cree conforme a sus objetivos. Naturalmente, con la esperanza de poder cumplirlos. El militante no es aquel que milita solo a raíz de “favores” logrados antes de comenzar, sino aquel que posee la vocación y el valor de abrir su vida privada a los vaivenes de la cosa pública.

     Volver a caminar la calle, conociendo en primera persona los problemas, viejos y nuevos, de nuestros vecinos, de nuestros barrios y de toda la comunidad es la primera medida para el reencuentro. Caminar la calle no es aparecer solo unos días antes de las elecciones, sino ponerse a disposición de las demandas de una comunidad que reclama conocer “cara a cara” a sus dirigentes, o mas simple, a sus vecinos que los quieren representar.

     Pensar un sistema de financiamiento transparente y eficiente, tanto político como partidario, con una distribución equitativa de los recursos entre los partidos y sus sectores internos de tal modo que transformen en competitivas las distintas instancias electorales, es una posibilidad para re-incentivar a la militancia partidaria, sin caer en corporaciones partidarias y sin recurrir a los viejos vicios de las internas. No hacerlo consumará la privatización de la política, limitando la injerencia de las mayorías populares.

     La política con mayúscula necesita encontrar una salida a esto dilemas. Hurgando entre las viejas prácticas para desarrollar novedosas herramientas es mi propuesta. Lo uno sin lo otro, no alcanza. Democracia sin participación militante, tampoco.

SEBASTIÁN GALMARINI www.pjsanisidro.org Ex presidente del PJ sanisidrense de 2004 a 2008. Actualmente lidera el Frente de Agrupaciones Peronistas de San Isidro.

#893