Viernes, 6 de Octubre de 2017

La gente y sus historias, el gran motor del cambio

Por: HUMBERTO SCHIAVONI

Los partidos políticos tradicionales están siendo sometidos a una tensión apabullante en buena parte del planeta. Emmanuel Macron alumbró en Francia un movimiento que se organizó en pocos meses y que se impuso electoralmente sobre las clásicas formaciones de conservadores y socialistas. En la reciente compulsa de Alemania, la CDU de Angela Merkel y la socialdemocracia que postuló a Martin Schulz sufrieron fugas hacia espacios diferentes y hasta antagónicos del espectro ideológico. Y aún en los Estados Unidos el establishment político consagrado en el bipartidismo quedó descolocado con la irrupción de Donald Trump.

 

El telón de fondo de este fenómeno global es la nueva dinámica del cambio en las sociedades, que pone otra vez en jaque a la representación política tradicional. Reiteradamente se alude a la crisis de representación política –y la Argentina lo experimentó dramáticamente con la debacle del 2001-, pero esa letanía que se repite es la mejor evidencia de que los formatos de representatividad están en evolución permanente, y se agitan cada vez con mayor velocidad.

 

Habrá quien prefiera explicar esta crisis con argumentos atendibles pero insuficientes: que la erosión de los mecanismos tradicionales de representación se vincula con la disconformidad ciudadana ante políticas públicas que no dan respuestas concretas a sus necesidades. Naturalmente, ese proceso es intrínseco a la organización democrática. Pero es posible profundizar el análisis. ¿Han sido adecuados y convincentes los espacios de participación ciudadana en las últimas décadas en las diferentes sociedades? ¿O existe un desequilibrio entre los crecientes reclamos de participación social y las respuestas institucionales que muchos países tenían diseñadas de antaño? Las contiendas electorales suelen capturar cada vez menor atención en distintos estratos sociales, especialmente en aquellos países donde el sufragio no es obligatorio.

 

Un informe de Naciones Unidas refleja que el descenso de votantes es una tendencia sostenida desde la década del 80 y que se profundiza en el segmento más joven. Una encuesta realizada en 33 países permitió advertir que sólo un 44% de los jóvenes entre 18 y 29 años siempre vota, frente al 60% de los ciudadanos de mayor edad.

 

Pero al mismo tiempo otros relevamientos dan cuenta del creciente interés de los jóvenes por la política y su explosión en nuevas formas de intervención en la discusión pública.

 

Por eso la dirigencia tiene hoy un enorme desafío: interpretar y vehiculizar los cambios que la sociedad demanda en materia política, económica, cultural e institucional y, a la vez, habilitar nuevas herramientas de participación para que esas demandas puedan ser expresadas en un entorno de convivencia democrática.

 

Los liderazgos de cercanía, entonces, son indispensables para motorizar el cambio. Liderazgos que no sólo se asienten en las características personales de los dirigentes ocasionales sino que den sustento a un proyecto político superador de formatos que van quedando en el archivo.

 

La cercanía es vital como proceso sostenido. La representación se ejerce hoy desde el corazón de las distintas comunidades, de los movimientos que las congregan, del conocimiento de sus necesidades y de sus expectativas. Por eso Cambiemos cuenta con una alta valoración en la sociedad. Las desteñidas imágenes de un dirigente pontificando desde la lejanía o del cacique territorial desplegando prácticas clientelares son hoy espejos de un fracaso. Ya no hay voto cautivo.

 

El desafío para la dirigencia es involucrarse con las historias ciudadanas, pequeñas o monumentales, historias de vida que expresan entusiasmo o desolación, éxitos y derrumbes, esperanza o resignación, ilusiones y temores. Todos tenemos algo para decir y todo tiene significado político, porque de una manera o de otra, la gestión pública está presente en nuestras vidas. El reto es que podamos transformar nuestras historias en acción. En eso estamos, porque esos recorridos de vida son el mejor insumo para políticas que generan más empleos, promueven mayor inclusión y consolidan el sendero de crecimiento por el que seguiremos avanzando sin pausa.

 

HUMBERTO SCHIAVONI   Presidente del PRO

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