Sábado, 5 de Agosto de 2017

La defensa, asignatura pendiente

Por: MARTíN BALZA

Las relaciones cívico-militares deben ser interpretadas como el vínculo existente entre las Fuerzas Armadas, en su carácter de institución del Estado, y el resto de la sociedad a la que pertenecen. Dado que la defensa es una política de Estado, su establecimiento es responsabilidad de las autoridades políticas, que son las encargadas de guiar el accionar militar hacia los objetivos que se consideren vitales para la Nación. El control civil existe y se materializa en la subordinación al poder legítimamente constituido. En nuestro país esto se concretó definitivamente a partir del 3 de diciembre de 1990.

 

Este control se nutre de dos vertientes que se refuerzan mutua y recíprocamente. Por un lado, existe el control objetivo realizado por leyes; por otro, el denominado control subjetivo, que se lleva a cabo en un nivel inconsciente, por medio de la cultura, y se establece a través del grado de adhesión y convicción que existe dentro de las Fuerzas Armadas en el respeto a la autoridad del Estado y de la confianza que la sociedad tenga en sus instituciones militares.

 

El grado de conciencia que la sociedad tenga respecto de la importancia del valor de la defensa en la democracia se verá reflejado en la aceptación y el respeto a las Fuerzas Armadas. En este sentido, resulta imperativo evitar que las diferencias existentes entre estos ámbitos signifiquen una brecha –como en el pasado y aún no totalmente superada– entre las instituciones militares y la sociedad, e impone contar con funciones bien definidas y delimitadas dentro de la estructura estatal y un presupuesto adecuado.

 

En toda democracia, el Poder Legislativo cumple la función de formular políticas y asignar recursos. Así, el Parlamento y los militares comparten intereses y ello exige un adecuado enlace. Existe también el trabajo conjunto de civiles y militares que puedan proporcionar los asesoramientos más adecuados a quienes desempeñan cargos políticos, estableciendo en todo momento el mayor clima de confianza, conscientes de la influencia recíproca que ejercen en todos los ámbitos del sistema de planificación y ejecución de las medidas relacionadas con la defensa.

 

Se impone atraer la atención hacia la conveniencia de formar verdaderos expertos que conozcan la problemática relacionada con las amenazas y vulnerabilidades del Estado –que en nuestro país no son pocas –, y las capacidades de respuesta a las mismas. Para ello no creo necesario recurrir a tratados de polemología, porque los desafíos se perciben frente a nuestros ojos. De esta manera se evitarían las controversias que surgen en torno a la preparación del presupuesto militar o a las “reglas de empeñamiento”.

 

La razón de ser de las Fuerzas Armadas no responde a la eventualidad de un conflicto determinado; su existencia radica en tanto y en cuanto existe el Estado, del cual constituyen un atributo esencial e insustituible en el monopolio legal de la violencia.

 

Plena vigencia mantiene lo expresado por el general Charles De Gaulle en 1949: “Jamás se ha conseguido hacer política, y menos una política de gran generosidad, si se ha renunciado a ser fuerte”. Por cierto, De Gaulle fue más visionario que su camarada, el mariscal Ferdinand Foch, quien en los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial dijo: “Los aviones son unos juguetes interesantes pero carecen de valor militar”.

 

La naturaleza de la situación internacional actual puede ser categorizada como compleja, incierta, indefinida y de reacomodamiento acelerado a las estructuras políticas, económicas, sociales y militares, entre otras. Pese a los esfuerzos realizados por la comunidad mundial, los hechos han demostrado que la fuerza sigue constituyendo un elemento básico de las relaciones internacionales, y que, aunque con diferentes matices, se la sigue aplicando para influir sobre los Estados más débiles y vulnerables, o para disuadir del uso de la violencia a los más fuertes.

 

El mundo actual se encuentra colmado de conflictos, unos visibles, otros latentes. Aunque muchos aparezcan con rapidez o en forma inesperada o aleatoria, prácticamente todos se gestaron antes, en períodos a veces prolongados y en circunstancias alejadas de las causas aparentes que las provocaron. Estos momentos de incubación necesitan ser detectados para evitar que se transformen en hechos violentos o hasta en una guerra.

 

En tal sentido, cualquier medida de prevención de conflictos debe estar respaldada por una real fuerza disuasiva que respalde la vocación de paz de un Estado, como es el caso de nuestro país. Para ello, quienes tienen la responsabilidad política de conducir los destinos de una Nación deben actuar con sentido predictivo y valorar en su justa medida la misión, el dimensionamiento, la estructura, el despliegue y las capacidades de sus Fuerzas Armadas, para que deriven en una correcta y realista apreciación de estrategia nacional.

 

Ello no puede estar marginado de concretas “hipótesis de empleo” que en nuestro país, desde hace más de medio siglo y al igual que un real sistema integrador de Defensa Nacional, son una asignatura pendiente.

 

MARTÍN BALZA   Ex Jefe del Ejército, veterano de la Guerra de Malvinas y ex embajador en Colombia y Costa Rica

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