Jueves, 5 de Diciembre de 2019

La capacidad de aprendizaje, una clave de la etapa que comienza

Por: MARIO RIORDA

Toda política es contexto. Democracia estresada. Poderes en torno al estado que debilitan o cogestionan competencias de aquel. Movimientismo amorfo. Aparición de un escepticismo generalizado. Y una percepción de que la preservación del sistema político es más bien la preservación del propio poder.

 

Imagine un cuadrante en Argentina: de un lado está la probabilidad de que un fenómeno ocurra y del otro, el impacto. Aunque para quién gobernó, era baja la probabilidad de ciertos fenómenos y para la oposición estaba cantado que la probabilidad de ciertos fenómenos era alta, los impactos de dieron. Negativos. Altísimos. En palabras de Yossi Sheffi, se dieron tanto goteras diarias de micro rupturas como rupturas de alto impacto. Estas últimas son las peores. Suceden y pegan fuerte. Catástrofe social y agravamiento de lo económico. Y vino el cambio político.

 

La magnitud de la crisis suele ser asociada, intuitivamente, con la capacidad de aprendizaje. Se piensa convencionalmente que es sabio aprender del fracaso. Pero esa relación no es causal. Una crisis suele implicar aceleración y cambio sin aprendizaje, unilateral y rígido. Y con dos tentaciones. Una de cortísimo plazo: mayor interés analítico por los males que han de remediarse que con las metas que se han de perseguir. ¿Objetivo? Diferenciarse rápidamente del pasado malo. Efecto político de contraste. Y otra, creer que, porque alguien ganó, ganó un plebiscito para modificar un espíritu de época, el zeitgeist, el clima cultural dominante que define el sentido de un período particular en la historia. Y no. No. El clima de época habla de valores dominantes, esquemas de representación; nuevas agendas, conductas sociales. Refiere a movimientos lentos.

 

El propio presidente saliente erró en ese cometido. Un cambio de gobierno, mucho más tras una crisis, sólo habla de un clima de opinión, no de un cambio cultural. Habla de una ebullición negativa en momentos revueltos. Nada más.

 

El aprendizaje tras una crisis depende de la capacidad de aprendizaje del sistema político. Se da desde la experiencia (el kirchnerismo tiene mucho que mirar hacia atrás y modificar); desde la explicación (muchos cambios se dan sólo porque lo anterior salió mal y toman forma de apariencias públicas enérgicas) y las nuevas cualificaciones (muchos gobiernos entran con dogmas de una época desactualizada en función de nuevas complejidades).

 

La evidencia es pesimista según Arjen Boin y Paul´t Hart. El miedo y la amenaza quitan rendimiento intelectual. No hay memoria institucional del pasado. El aprendizaje inducido de las crisis no existe, salvo de experiencias exitosas. No fue el caso. Aunque una crisis abre una oportunidad enorme: descongela formas arraigadas de pensamiento, alerta Michael Lipsky. Permite salirse de rutinas.

 

Eso es bueno. Los liderazgos adoptan más bien estrategias conservadoras antes que reformistas tras una crisis. Se piensa en el cambio de operadores (cambio político) antes que un cambio en la maquinaria (reforma institucional). Reparar antes que reformar. Mitigar especialmente. Sobrevivir antes que afrontar el riesgo de cambio institucional. Personas antes que instituciones y procesos.

 

Se debe observar cuánto de futuro hay en el discurso de quienes gobernarán y no sólo cuánto de respuestas mitigadoras de un presente complejo y asfixiante (que sí o sí hay que atender). Cuánto de cambio institucional se propone (no sólo de nombres). Cuánto hay más allá de la voluntad heroica de los liderazgos.

 

Ver cómo se combina el paso a paso del incrementalismo frente a políticas de shock. Si hay cambio gradual y no revolucionario. Si el gobierno no queda preso de objetivos irrealizables que nuevamente generen intensos procesos de frustración como en el gobierno saliente. El incrementalismo tiene como racionalidad corregir limitada y sucesivamente sus decisiones incorrectas, así como fortalecer y generalizar sus pasos exitosos explica con pedagogía Charles Lindblom. Requiere de una serie sucesiva de aciertos para lograr un consenso fuerte, debido a la imposibilidad de encarar temas fundamentales. Da por supuesto una tendencia que va de menor a mayor en el abordaje de problemas (sin escapar a las urgencias), pero supone de manera constante la posibilidad de fracasos.

 

Quizás, el nuevo gobierno deba centrarse prioritariamente en acuerdos pragmáticos incrementales antes qué en cambios totales.Argentina volvió a un estado coalicionaldonde hay urgencias en acuerdos de reparación tempranos, económico-sociales, con el FMI, federales, internos en la coalición y acuerdos de futuro (institucionales e internacionales).

 

El modo en que se llega a las decisiones, más allá de quién lo resuelve en última instancia, implica necesariamente un juego de fragmentos previos, de aportes descentralizados, de participantes autónomos que se afectan mutuamente con una amplia gama de intereses.

 

No todo es negociación desde una coordinación centralizada, puesto que la descoordinación o los antagonismos son parte constitutiva también de esta realidad.

 

Cuando se prioriza el consenso relativo a las reglas fundamentales del funcionamiento del sistema, nunca olvidar que, tras crisis, consensos que tienen por objeto ciertos instrumentos particulares, de corto plazo, son útiles para avanzar e ir dotando de legitimidad a un gobierno. Siempre alguien gana una elección, pero en la era de los consensos precarios, la pérdida de consenso se da por igual, tanto aceleradamente en quienes recién asumen, como con el paso de los años cuando se creía que el depositario del poder era incuestionable.

 

MARIO RIORDA   Especialista en Comunicación Política 

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