Gluten Free, un estilo de vida

Por Magdalena Ordoñez

Sábado, 9 de Noviembre de 2019 - 09:33 hs

Hoy se escuchan cada vez más casos de personas que dejan las harinas. Lo sorprendente no es sólo el aumento de personas celíacas sino también la necesidad de muchos de alejarse del gluten por el surgimiento de nuevas enfermedades y patologías. Tal es el caso de personas con colon irritable, alergias de todo tipo, intolerancia al trigo, Crohn, tiroides y enfermedades autoinmunes varias. Estamos tan inmersos en una cultura donde el pan es un alimento fundamental en nuestra dieta que nos horrorizamos ante la idea de abandonarlo. “¿Cómo hacés para no comer ravioles?”, “¿Nunca más tomaste cerveza?”, “¿Qué tan malo puede ser comer un poquitito de tal cosa?”. La verdad es que renunciar a tantas delicias de forma abrupta, cuesta, a veces duele y la sensación de ansiedad hace que sea más difícil. Pero la respuesta para todos es: cuando uno conoce lo que es sentirse bien, no quiere volver a comer harina nunca más en su vida. Por eso, la clave es encontrarle la vuelta de tuerca que nos permita aprender a disfrutar de ese proceso, teniendo en cuenta la cantidad de beneficios.

 

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Siempre se recomienda que este tipo de dietas se haga con acompañamiento de un profesional, sobre todo si implica abandonar abruptamente algún alimento. Pero es importante aprender a escucharse a uno mismo y los síntomas que manifestamos. Cuando la mente no habla, el cuerpo grita. Por eso, muchas veces no estamos bien predispuestos a aceptar que está en nuestras manos la actitud de generar un cambio para estar mejor. Física y eventualmente, mentalmente.

 

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Teniendo esto como base, hay que salir del prejuicio de que comer sin gluten es un castigo. Desde mi experiencia personal, está en uno tratar de encarar esta nueva dieta como una situación con oportunidades de crecimiento personal, o como un problema. Uno aprende a cocinar de otra forma, a combinar nuevos ingredientes, a jugar con recetas alternativas. Al principio cuesta, sobre todo porque la comida está asociada con cuestiones culturales y sociales. “¿Qué hago cuando me invitan a comer?” “¡Qué vergüenza pedir que me cocinen algo diferente!” “Para pasar por un momento incómodo, mejor ni voy”. Es cierto, además, que la gente no se acostumbra a tener en cuenta las personas que poseen una dieta diferente. Entonces sí, es incómodo. Hasta que uno elige dejar de encerrarse en uno mismo y encontrarse con amigos con un tupper de por medio, o investigando previamente el menú del restaurante en donde se van a encontrar, o aceptando que su limitación no tiene por qué ser un problema, y teniendo la confianza de poder pedir una mano a sus amigos para poder sentirse más cómodo en sus encuentros. Es un trabajo arduo y largo, que implica esfuerzo mental y físico, y muchas recaídas y frustraciones. Pero si uno persevera, entiende que comer diferente no sólo puede ser más sano, sino también más rico. Al final, se llega a tomarle el gusto a esta dieta sin gluten.

 

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Teniendo en cuenta la cantidad de beneficios, la balanza pesa mucho más para ese lado y se olvida de la existencia de otras opciones. Es más, cuando uno decide darse un gusto y “pecar”, recuerda una vez más lo que es sentirse mal de una forma aún más potenciada. Cuando uno elige cumplir a raja tabla con la dieta que favorece a su cuerpo, aprende a disfrutar mucho más de la comida y de los encuentros con el otro. Y entiende que cuerpo y alma/mente son una misma cosa. Por eso, hace un especial esfuerzo por cuidar su salud en los dos niveles.Por otro lado, para los que están en la otra vereda, aquellos que reciben en su mesa a amigos que se alimentan en base a una dieta restringida, deben entender que no se trata de cocinar para un enfermo, sino para no enfermar a una persona sana (tal como dice @AleTemporini).

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