Viernes, 10 de Abril de 2009

En defensa de La Salada

Por: ALFONSO PRAT-GAY

     Son emprendedores. Fabrican prendas de vestir y artesanías en su taller-hogar. Los jueves a medianoche se desplazan en colectivos o remises cargados con bolsas de residuos con el fruto de su trabajo y se dedican a venderlo a minoristas de toda la Argentina y de países limítrofes. Bienvenidos a la feria de La Salada.

     Es imposible estar a favor de la microempresa y en contra de La Salada. ¿No es hipócrita castigar la informalidad de los excluidos cuando no les aseguramos un camino hacia la formalidad?

     El fenómeno social de La Salada suele ser perseguido con prejuicios simplistas:

     1. Que es una de las ferias ilegales más grandes de Latinoamérica.

     Definir como ilegalidad la informalidad de los vulnerables de la sociedad, como lo son la mayoría de los feriantes de La Salada, es decirles que como ser pobre es ilegal, delinquen de facto. Una situación sin salida.

     2. Que se vende mercadería robada.

     Una peligrosa simplificación. He recorrido los talleres-hogar de distintos puntos del país en los que se fabrica la ropa que se vende en La Salada. He visto el orgullo de los hijos que ayudan a sus padres a recuperar su dignidad con el trabajo de sus manos.

     3. Que se falsifican marcas.

     Es verdad, hay falsificación de marcas. Es un tema a resolver, pero no con operativos policiales espasmódicos y mediáticos en los que se decomisa mercadería. Mejor sería sentarse a pensar soluciones que no maten la actividad que allí se produce.

     4. Que se opera en negro, no se dan tickets ni factura por las compras.

     ¿Cuántas veces tenemos que pedir el ticket o la factura en restaurantes o comercios de barrios pudientes? Muchos locales de ropa ofrecen descuento si uno paga en efectivo... por supuesto sin factura. Pero cuando lo hacen los pobres los acusamos y los condenamos.

     ¿Qué es la Salada? En el 2002, durante la peor crisis de la Argentina, La Salada creció con el esfuerzo de miles de feriantes. Inicialmente vendiendo su mercadería a la intemperie, hoy generan mucho desconcierto entre los hacedores de políticas públicas que, en lugar de colaborar con este éxito y ayudar a ordenarlo e integrarlo a la economía formal, lo aprietan.

     Las tres principales ferias están organizadas y tributan impuestos. Se llaman Urkupiña, Punta Mogotes y Ocean. Cada dueño de puesto paga expensas, y en Urkupiña hay baños impecables que cuestan $1 el uso, una nueva sala de primeros auxilios, una sala para exposiciones de maquinarias, una capilla y una radio interna.

     La Salada tiene historias como la de Walter y Carmen. Ellos llegaron de Bolivia, prácticamente sin nada. Se instalaron en una villa, porque "es más barato, no hay que pagar luz ni agua". Trabajaron desde el inicio en La Ribera, "otra feria" al aire libre, sin organización formal, y mucho más precaria, para reunir los $8.000 necesarios para salir de la villa.

     ¿Por qué $8.000? Para un alquiler mensual de $1000, el taller y las máquinas. Lo lograron. Ahora, además, alquilan medio puesto en Urkupiña.

      La Salada también implica riesgo. Mónica, quien con su marido teje suéteres de niños, nos explicaba: "Uno nunca sabe cuánto venderá, si llueve no se vende nada, igual hay que pagar el remise y arriesgarse, y cuando hace calor como el año pasado, tampoco se vende".

     Trabajadores y emprendedores arriesgados es lo que este país necesita. Si los seguimos desalentando estaremos fomentando el paco y la violencia en las villas. La mayoría de los feriantes son población bajo la línea de pobreza o altamente vulnerables. Pero algunos ya no lo son.

     Será importante encontrar una solución que no avale la evasión de los que ya pueden pagar. También será importante no perseguir a los vulnerables. Como sociedad, debemos comprender que en muchos casos la informalidad no es una opción y que quienes están en deuda no son los excluidos sino quienes tenemos la suerte de estar dentro del sistema.

     Hay que aprender a convivir con esta informalidad y encontrar la manera de que la formalidad acompañe el crecimiento de quienes, con su propio esfuerzo, van abandonando la pobreza.

     La Salada que Santiago Montoya no quiere ver nos muestra el espíritu emprendedor de los que tienen menos recursos y más dificultades. El gobierno debería trabajar para integrarlos al sistema, no para marginarlos aún más.

     Los feriantes de La Salada realizan una actividad que consideran digna. No están vendiendo cocaína ni paco ni efedrina sino bienes que la gente busca. Trabajan para no depender nunca de la limosna o de los planes. Allí no hay ONGs haciendo beneficencia. Los feriantes no tiene tiempo de pedir, trabajan para sacar a su Argentina adelante.
 

ALFONSO PRAT-GAY   www.alfonsopratgay.com   Ex Presidente del Banco Central, miembro de la Coalición Cívica

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