Jueves, 29 de Agosto de 2019

El Fascismo del Siglo XXI: ¿Por qué?

Por: FELIPE VERGARA

El rasgo más fundamental del fascismo, entendido el concepto como un espectro ideológico en el que caben varios movimientos políticos de la actualidad, es su rechazo a lo que sus adherentes perciben como amenazas en la organización cultural y social en el que se desenvuelven sus vidas. Esa forma de organización se enmarca principalmente en el espacio de un estado nacional y una sociedad en la que imperan el orden, las jerarquías sociales y los hábitos culturales tradicionales. Las realidades, comportamientos y posturas ideológicas que atentan contra la estabilidad del funcionamiento de ese orden son, para el fascismo actual y sus seguidores más radicales, cuestiones que trascienden los meramente circunstancial y suponen una amenaza de carácter virtualmente existencial.

 

La actitud que subyace al fascismo ha existido, en diversas medidas, en todas las sociedades modernas, pero nunca ha sido mayoritaria. Hoy en día tampoco lo es, ni siquiera en los países en que los movimientos o líderes que forman parte de este espectro (Hungría, Brasil, Estados Unidos, etc.) han obtenido triunfos electorales. La fortaleza del fascismo y su capacidad de llegar al poder, sin embargo, no dependen de que los rasgos más radicales de su discurso sean asumidos por una parte mayoritaria de la sociedad. Gran parte de la masa de votantes que favoreció en los últimos años a hombres como ViktorOrban, Jair Bolsonaro y Donald Trump no suscribe los postulados ni la retórica más radical de estos líderes y sus movimientos.

 

¿Qué explica, entonces, el éxito de este fascismo del siglo XXI? En nuestro diagnóstico, tres son las razones fundamentales que explican el ascenso del fascismo en el siglo XXI:

 

En primer lugar, las rápidas transformaciones de estructuras sociales impulsadas por la llamada globalización resultan en alteraciones muy visibles, aunque de impacto concreto muy dudoso, en los hábitos de vida tradicionales de muchas personas en muchas partes del mundo, especialmente en aquellos lugares en los que la prosperidad relativa ha atraído inmigrantes en números significativos. La atribución de responsabilidad por los males propios a otro de origen foráneo, rasgo característico de la política fascista, resuena ampliamente con la sospecha instintiva frente al que acaba de llegar y se ve distinto. En la medida que esta actitud, nos guste o no, es muy propia de la naturaleza humana, la agitación de esos sentimientos de rechazo tiene muchas posibilidades de éxito, incluso entre quienes no adhieren a las formas más radicales de ese sentir.

 

En segundo lugar, la diversidad de prácticas personales y culturales que son propias de un mundo interconectado cierne un manto de incertidumbre sobre cuestiones que, para muchas personas, son determinantes de su experiencia vital. Elecciones personales sobre sexualidad, apariencia, amor y un sinnúmero de etcéteras que desafían prácticas y comprensiones culturales tradicionales causan rechazo, también muchas veces instintivo, en varias personas que ven en una supuesta ortodoxia en esos ámbitos una base de seguridad vital que trasciende lo ideológico.

 

La tercera razón que explica el ascenso del fascismo, y que es la única ante la que las fuerzas democráticas pueden y deben hacer algo concreto, radica en la pérdida de representatividad del discurso y las prácticas políticas de los grupos de sensibilidad liberal y progresista. Dentro de esta realidad pueden identificarse varios elementos, pero aquí nos concentraremos en tres. En primer lugar, el progresivo distanciamiento entre las elites políticas de centro e izquierda, por una parte, y segmentos amplios de la sociedad, por la otra, ha resultado en un acercamiento circunstancial, pero no por eso menos significativo, entre grupos de derecha que no tienen mayores reservas en hablar contra sus adversarios políticos, culpándolos de los problemas que, para partes importantes de esas sociedades, son relevantes y apremiantes.Quizás si el ámbito más visible de este distanciamiento es el de la cuestión de la delincuencia y la seguridad pública. El discurso con el que tradicionalmente las fuerzas progresistas han abordado este tema, reacio a identificar las razones profundas de la delincuencia con decisiones individuales y poco dado a proponer medidas represivas para enfrentarlo, resuena cada vez menos con segmentos de la sociedad que conviven muy cotidianamente con situaciones asociadas a este problema en altas o bajas intensidades.

 

En segundo lugar, la negativa de referentes de izquierda en varias partes del mundo a reconocer y condenar las prácticas antidemocráticas, autoritarias, destructivas y/o corruptas de gobiernos de esa tendencia, como es el caso de Maduro en Venezuela,resulta en una pérdida de credibilidad importante para el sector y, a ojos de muchos votantes, anticipa lo que podría ocurrir en el propio país si es que la izquierda triunfara.

 

Por último, importantes representantes de las elites políticas y culturales liberales y progresistas han asumido discursos que, si bien no siempre son extremos, tienden a excluir del espectro de lo aceptable a muchas personas que, sin ser retrógradas ni mucho menos, se sienten incómodas con algunas prácticas o expresiones culturales propias del mundo globalizado y cambiante en el que vivimos. En algunos casos, estas consideraciones se han materializado en etiquetas que se asocian negativamente a personas que no necesariamente adhieren a las partes más radicales de los discursos de derecha, pero sienten que ni el centro ni las izquierdas existentes actualmente las representan. Los “deplorables” en Estados Unidos o los “fachos pobres” en Chile ciertamente se sienten excluidos de ese mundo discursivo progresista, incluso cuando en muchas de sus prácticas cotidianas conviven sin mayores problemas con la diversidad del mundo actual.

 

Prestar más atención y mostrar más cautela retórica ante algunas de estas cuestiones, no resolvería el problema supuesto por el avance del fascismo, pero contribuiría bastante a presentarle una mejor oposición de la que se le está plantando por parte de las fuerzas democráticas en la actualidad.

 

SEBASTIÁN HURTADO   Doctor en Historia. Académico Universidad Austral de Chile.

 

FELIPE VERGARA   Doctor en Comunicación. Académico Universidad Andrés Bello de Chile.

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