Miércoles, 12 de Febrero de 2020

El dolor, una oportunidad para cambiar

Por: EDUARDO DUHALDE

Hay hechos que por su profunda repercusión producen una toma de conciencia social que abre las puertas para atacar problemas de fondo que se habían naturalizado y no se percibían como tales. Es el caso del asesinato brutal de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell.

 

Vamos viendo día a día nuevas facetas de ese crimen que nos colocan frente a dos problemáticas que es preciso abordar y resolver en forma inmediata. Está, de un lado, la violencia que se manifiesta día a día en la sociedad y que se refleja en los homicidios -y en los femicidios- así como en un estado colectivo de intemperancia evidente. Es una problemática cultural y educativa que debe abordarse desde toda su complejidad.

 

Y el otro aspecto que nos revela el caso de Fernando es la ausencia del Estado en la prevención y el control de las causas que crean los escenarios propicios para que se consumen esos crímenes y la carencia de una legislación específica. A esto y a la necesidad de que las autoridades reaccionen de inmediato quiero referirme en este artículo.

 

Por la gravedad de esta situación, creo que, en medio de la tristeza y la impotencia que estos hechos producen, se abre una oportunidad cierta para que la sociedad en su conjunto reflexione y exija medidas que posibiliten el control estricto de la nocturnidad y la prevención y eliminación de la actividad delictiva que hoy en muchos casos la acompaña. Y, al mismo tiempo, para que legisladores y autoridades nacionales, provinciales y municipales reaccionen positivamente.

 

En mis libros “Hacia un mundo sin drogas” de 1974 y "Familia, sociedad, política y drogas" de 1997 conté en detalle cómo enfrentamos el problema, que tomó rápido auge por aquellos años, en la Provincia de Buenos Aires.

 

Sintéticamente, digamos que cuando asumí como gobernador, en 1991, nos encontramos con un panorama desolador. Comprendí que debíamos respetar un nuevo modelo social de fiesta en la sociedad postmoderna (así se llamaba por entonces), pero alertar y ayudar a los padres a prevenir los excesos y abusos de aquéllos que lucraban con el negocio.

 

Para mi sorpresa, las medidas que pusimos en marcha encontraron no solamente la esperable oposición de los "empresarios de la noche", que veían afectados sus intereses, y la de los jóvenes, que simplemente querían "divertirse", sino también con que la clase política -muchas veces por ignorancia y otras por oportunismo- hablaba de "limitación de las libertades" y pedía en nombre de la libertad de comercio (a coro con los empresarios) "no poner límites a la actividad". En paralelo, una buena parte del periodismo fogoneó esas posiciones, dándoles carácter de "heroica resistencia al autoritarismo y la arbitrariedad".

 

Resultado: las medidas que se implementaron -limitación de horarios de apertura y cierre, prohibición de venta de alcohol a menores, imposibilidad de vender bebidas alcohólicas en kioscos y estaciones de servicio, control de alcoholemia que modificó la Ley de Tránsito Provincial, entre otras- fueron cayendo "en desuso" o simplemente no fueron aplicadas, esterilizando una gran parte del esfuerzo realizado y revirtiendo con el paso del tiempo los alentadores resultados iniciales.

 

Muchas veces, la sociedad necesita de un hecho conmovedor que la obligue a salir de la inercia del “no se puede hacer nada”.

 

Así ocurrió con la muerte del conscripto Omar Carrasco, en 1994, que llevó a la desaparición del Servicio Militar Obligatorio, una institución que había perdido hacía ya mucho tiempo el carácter educativo y patriótico con el que había sido concebida. Otro hecho ejemplar en ese sentido fue el secuestro y asesinato de Axel Blumberg, en 2004, que obligó a las autoridades a cambiar la legislación penal para ese tipo de delitos.

 

Hoy nos conmueve la muerte de Fernando Báez Sosa en un marco que no es para nada novedoso: el fenómeno que mezcla vacaciones, alcohol, excesos, jóvenes y violencia no es ni nuevo ni local. En su versión actual estas características de la nocturnidad de una parte de la juventud comenzó a aparecer en Europa en la década del 70 y llegó a nuestro país sobre el final de los '80. Episodios trágicos, como el caso Khevys, ocurrido en 1993, nos marcaban que el fenómeno ya estaba instalado en nuestro país. Sin embargo, “la opinión pública” de entonces se opuso al intento de regular la nocturnidad para que la diversión de la adolescencia y juventud no se contaminara con el consumo de alcohol y drogas y se preservara de la violencia y todo tipo de excesos.

 

Mientras tanto, en los países de Europa y América Latina se regulaba la nocturnidad, atendiendo a parámetros sanitarios y de salud comunitaria. Solo por enumerar algunos ejemplos, digamos que en los Estados Unidos el límite de cierre de los locales nocturnos es entre la una a las tres de la mañana. En Gran Bretaña, si la diversión nocturna es con espectáculos culmina a la una de la madrugada; de lo contrario a las once de la noche. En Francia, entre la una y las tres de la mañana, aunque allí hasta los 16 años no se puede ingresar a estos lugares si los menores no están acompañados por los padres, con prisión de dos a tres años o multa de 15 a 25.000 dólares para quien incitara al consumo de alcohol a menores. En Suecia, los horarios son similares, y además los padres pueden controlar legalmente las discotecas.

 

Pero evitemos anclarnos en el pasado y vayamos hacia una actitud positiva: aprendamos de los errores y a preparémonos para un futuro mejor.

 

Mi propuesta es que honremos la memoria de Fernando Baez Sosa, y en él a todos los chicos y chicas, muertos, heridos y dañados por la ausencia y/o falta de normas y medidas que regulen la actividad y protejan a nuestros jóvenes instalando en la sociedad un debate serio, responsable y efectivo, que conduzca a establecer reglas de juego que los protejan de la insaciable codicia de algunos de los mal llamados "empresarios de la noche" y de sus nefastos resultados.

 

A todos los niveles institucionales deberán coordinarse horarios de apertura y cierre de “los boliches” y de las llamadas “fiestas” en otras locaciones. En esos sitios y en los alrededores de los mismos deberá prohibirse la venta de alcohol a menores de edad y el acceso de éstos a dichos locales. Las distintas modalidades que hoy pervierten la nocturnidad y la diversión deberán ser atacadas con reglas estrictas y precisas. Y la violación a las normas deberá ser penada con fuertes multas y el cierre de los locales.

 

Tengamos muy en cuenta que Argentina es uno de los países del mundo con mayor consumo de alcohol per cápita, particularmente en la franja entre 15 y 19 años de edad.

 

En fin, la legislación debe dar los instrumentos a las autoridades para preservar la salud y la seguridad de adolescentes y jóvenes. Movilicemos a las familias, exijamos a nuestros representantes que reaccionen de inmediato para que no haya un solo Fernando Báez más.

 

EDUARDO DUHALDE   Ex Presidente de la Nación

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