Domingo, 4 de Marzo de 2018

Desconfianza de género

Por: FELIPE VERGARA

Pese a los avances que se han logrado en este siglo XXI en el tema de equidad de género, seguimos lejos de ser considerados una sociedad justa y ecuánime entre hombres y mujeres. Puede que inicialmente la Ley de Divorcio y luego el derecho maternal de 6, la Ley contra el Acosos Sexual, el Acuerdo de Unión Civil o matrimonio igualitario y recientemente el derecho a interrumpir el embarazo, sean muestras de que estamos cambiando.

 

Sin embargo, son sólo atisbos de lo que realmente se requiere; si lo que buscamos es generar confianza, entonces démonos la opción de confiar en las mujeres. Cómo es posible que deleguemos en ellas el cuidado de nuestros hijos, lo más preciado para cada padre, y no le demos la oportunidad de liderar una empresa, representar un parlamento o hasta dirigir un equipo de fútbol. Si hasta se les define como el sexo débil.

 

¿Cuáles son las características que le permiten a los hombres dirigir estas áreas? Pues no las hay, es como que la manzana que le dio Eva a Adán siga rondando, o sea, un hecho mitológico lo transformamos en real y gracias a ello condenamos de por vida.

 

Al no empoderar a las mujeres lo que se está haciendo es desconfiar de ellas, en igualdad de condiciones, con similares competencias; es extraño que se confíe más en los hombres que en las mujeres, la toma de decisión que una madre enfrenta es por lejos de mayor envergadura que las que en una empresa se puedan tomar, pese a ello, la extrapolación de dichas definiciones no se logra capitalizar en la vida laboral.

 

Ahora, este tema de iniquidad no se circunscribe exclusivamente a LaTam, Donald Trump es el mejor ejemplo de la denigración femenina: sea hacia su señora Melania, su adversaria electoral Hillary o la modelo con que se cruzó en algún camarín y por la que pagó US$150.000 para acallar una relación; similar situación vivió Italia con Berlusconi y otros tantos  mandatarios -varios del Cono Sur- que por el sólo hecho de tener una autoridad mayor abusan de ese poder y con ello no sólo denigran a todas las mujeres, sino que nos hace retroceder en aquella igualdad que al menos como sociedad occidental propendemos.

 

Francia, la cuna de la democracia moderna, también cae en ese doble estándar, al ganar Emmanuel Macron, uno de los principales temas no fue cómo iba a gobernar, sino cómo tenía una mujer 24 años mayor. Nadie le cuestionó al presidente norteamericano que su señora fuera 29 años menor. Ni hablar de los calificativos con que socialmente nos referimos a la presidenta de Chile Michelle Bachelet o ex mandataria brasileña, Dilma Rousseff, porque ahí sí que la construcción de confianza se pierde.

 

Quién crea que apelando a “chilenas y chilenos”, “trabajadoras y trabajadores”, “compañeras y compañeros” va a disminuir la segregación está en un error conceptual. Es mucho más potente lo logrado con la campaña “Ni una Menos” o “No más Violencia de Genero” y es a eso a lo que hay que propender como sociedad, porque la violencia no es sólo física, la denigración salarial es de por sí violenta, por ejemplo.

 

Ahora bien, aunque los casos políticos y del mundo del espectáculo son hoy los de mayor connotación, es en las empresas dónde más se ve esta desconfianza. Las relaciones en las organizaciones, con sus leyes contra el acoso sexual, laboral y callejero procuran defender a las mujeres del “exceso de confianza” mostrado por parte de los hombres. No es casualidad que las denuncias a diferentes tipos de acoso hayan proliferado en el último tiempo, tampoco que ante el bajo respaldo de los equipos ejecutivos las mujeres hayan optado por el auto despido cuando ven su integridad amenazada; si a ello además se le agrega además que la banda salarial de las mujeres en relación con los hombres es un 30% menos para puestos de igual responsabilidad, es objetivamente difícil no sentir un desmedro por el simple hecho de ser mujer.

 

Acá nuevamente la comunicación institucional poco ha ayudado en transparentar competencias entre los sexos y aprovechar las herramientas propias de las redes sociales para lograr un mensaje bastante más amigable y entendible que logre resguardar los límites, por ejemplo, entre el compañerismo y el abuso de confianza, o que difunda que los éxitos de las diferentes áreas de la organización son objeto de un trabajo mancomunado entre géneros.

 

Tenemos campeonas de fútbol, tenis, boxeo, triatlón, natación y hockey; líderes políticas, artistas, escritoras, empresarias, comunicadoras, por nombrar algunas disciplinas, pero así y todo, hay muchos que siguen creyendo que este mundo es dominado por hombres y que la subordinación de la mujer es algo lógico, histórico y hasta natural.

 

Si no se modifica esa mentalidad, difícilmente se va a lograr aquel añorado cambio que busca la igualdad entre hombres y mujeres, y su consiguiente equidad laboral. Es de esperar que las rosas blancas que lucieron las actrices en Hollywood en los Grammy con su respectivo mensaje “Time's Up” (El tiempo se acabó) y que tiene como finalidad ayudar a mujeres a combatir casos de abuso sexual en el medio laboral, no quede en el recuerdo, sino que se masifique a nivel mundial y seamos los hombres quienes nos colguemos en la solapa una rosa blanca como símbolo de respeto y admiración hacia quienes han hecho este mundo mejor: Ustedes.

 

FELIPE VERGARA   Analista político chileno

#880